Escritores Huber Macedo Monologo del Desterrado

En la distancia el tiempo se desgrana
como una omita en medio del río Balsas,
no abandono esos amores que en brasas
arden por padecer mi corazón en brama,
ni ese canchire que tuve como cama,
ni ese silencio que se oye cuando rezas.


No cambio por nada mi guarida,
menos por un doble de güeras.
comeré corongoros en la huida,
con tecuches sacaré las penas
cada vez que me chacualéen las venas,
y me supure el suero de la herida.

Donde vaya te guarda luto mi alma, 
aunque traiga la memoria ajada,
no hubo tiempo de llevarme nada,
sólo sé que partí al salir el alba,
el grito del gallo ananchó mi espalda,
mientras del frío me acurrucaba.

Me saltará el guergüero cual latidos 
al asorrajar al viento los sentires,
comeré en la ausencia los capires,
el arí, el jodél y el chiguéz serán testigos,
que mi corazón perámito sin sentido
no olvida las combas, menos lo pitires.

No sé si el vacío de la lejanía
sea la que me provoque angurria,
aluzo lo más sensible de la memoria,
pero sólo afoco la yurémita perdida,
la soquitera y el pajoz de la historia
que dejaron los zopilotes en su huida.

En la usma de recuerdos infantiles
mis sentimientos fifiruchos y socatos,
son frasteros en estos tiempos infieles,
asemejan más a los maromeros suatos,
escondiéndose en el sacuál y sus flores,
que adorna el tinajero de los atatos.

Las costumbres chereques y apayanadas, se atacuachan debajo del sobaco,
mi memoria demasiado martajada,
se escurre por el color del huaco,
cuando el ratón le dijo a la rata
y la rata le dijo al rato.

Los recuerdos bichoscos
se pasean por la calle cacareca
se amontonan como moscos,
y así berengos se quedan,
pues por sus modos bolonchos,
el pasado cacaraquean.

cuando me acuesto aún en el canchire,
mirando la canaleja por donde cae la gotera,
parece que a poner la bacinica yo corriera,
para cachar de pronto el agua que se tire,
y echarla en el bidón para el machihue,
que le ponen a los cuches en la jícara.

El reloj boloncho de la iglesia
es una catarnica al dar las 12,
¡a la jijona decía mi abuela,
ya es mediodía!
mientras mi padre decía
vamos a hacer las 11.

¡Que catrina siempre va la gente a misa!
¡alaya sino pues es domingo!
hasta el más cenizo se cambia de camisa,
se baña con jabón de olor cual pingo,
se pone sus mejores trapos para verse lindo
y para que sepan que no huela a longaniza.

Aún veo mis pasos reconociendo tu donaire,
de mis guaraches el seño,
que hacen por el polvo que levante el aire,
el entrecejo del desaire,
que hacen los que se creen tus dueños,
al imaginar que forjarán tus sueños.

Nos arrancaron de tus entrañas
para explorar por la vida,
la raíz amarga de la partida,

nos secó como varañas,
sabemos que nos extrañas,
eso es cosa conocida.

Mi pecho de cococha orond
repite asoleado en su fe,
cual chica hedionda,
“Luis el guache se fue...”
hoy sólo el ave en su ronda,
anuncia mi regreso arriba del camé.

Dejamos atrás el andar de la brecha,
para arribar el camino del ruido,
subimos y bajamos la senda hecha,
por no reconocer tu olvido,
bebiendo lágrimas secas sin sentido,
para poder recordarte en esta fecha.

El esfuerzo llegó a desfallecer
pero nunca desmayamos,
aquí estamos,
los que debemos ser,
los que una vez al año
te venimos a ver, Zirándaro.

Las aráparas rondan tu vigilia,
ya no hay ausión para labrar la tierra,
cada zirandarense que pares se destierra,
sino los moscos y el calor lo exilian,
así vivimos en esta eterna guerra,
en que tus hijos nacen y se van en fila.

Los zopilotes ocupan la plan
la tierra sube por el viento,
la laguna se seca con el tiempo,
la nostalgia provoca tu calvicie
y el ajonjolí pierde su estirpe,
provocando sequía y sufrimiento.

No dejo al azar tu idolatría,
vergel, paraíso de los que fuimos,
cantantes del himno a la alegría,
sarracuatera de camaradas niños
que íbamos con hondas de cacería,
y atrapábamos con la mano los sipimos.

No olvido el perfume del huele de noche,
ni el suave viento en que se monta,
el tranquilo rumor que esparcen los pochotes,
ni calor de mayo que en gran pompa,
arrea la brisa que acarician los ahujotes,
va y la postra al pie de la parota.

¿Quién puede enseñarnos a mirarte suelo patrio?
si te cargo en el borrego envuelto en un paliacate,
sólo un telele o nunushe se atrevería a pensarlo,
pero ni estando acirhuelados dejaríamos el petate,
el canchite, el xiuringo, el mocho, la hoz y el metate,
sólo muertos o sin sentido podríamos dejarlos.

El calor atarantado de la tarde en alaraca,
se postra en la fronda que deja en el arrollo
la hueca y vieja cahuírica berraca,
al tiempo en que el ruiseñor en tierno arrullo,
chupa el néctar de la flor en su capullo
y arrienda a ver las patas huacas de la urraca,

El guache con la palanga al pie del guanchipo
lleva con diligencia y prisa el pan al caserío,
¡arres! le hacen los pies! y las manos ¡ah chicho!
mientras se come un alamar con libre albedrío,
la gente sale a comprar el pan corriente en su brío,
y el grito del pan despierta la cuadrilla en Ciriquicho.

Tierra chicuara y zanata
orgullo del zapateado,
donde por celos se matan
los hombres enamorados,
y las mujeres despiertan
suspiros embelesados.

Es un batidillo mi alma
en esta ausencia melcocha,
el gusto de la panocha,
es provenir de la caña,
y al Santo niño de Atocha,
le rezo cada mañana.


Me gusta la pipitoria
la toquere y la memela,
el zorrillo es cosa buena,
la panocha es afamada,
tanto como la leche dura
y los buñuelos de cuajada.

Mi cariño arepero y probo
pica más que una turicata prieta,
se pega como garrobo,
se hace liacho en una horqueta,
llega hasta el Puerto de la Carreta,
donde el corazón te robo.

Tus calles memoriales han fallecido
donde ancló tanto limosnero,
dejan perplejo mi espíritu luído,
mi corazón anconado y lisonjero,
mi pensamientos tristes y jodidos,
de ver tanta gente con dinero.

Calle de Nicolás Bravo junto al río,
en Zirándaro de los Chávez,
casa donde mora el recuerdo de los míos,
por si sabes o no sabes,
parientes todos ellos muy queridos,
que llevo para alivio de mis males.

Vasos y sacuales del viejo tinajero,
donde abrevaron tantos jodidos,
filósofos de la vida, mezcaleros,
que con quintas y tragos socorridos,
mitigaban sus pláticas de rancheros,
al tiempo en que cantaban sus corridos.

Donde andarán mis greñas tiezas,
bañadas con agua de ahujote machacada
mis botines y mi camisa inmaculada,
la sala, el corredor entre otras piezas,
costumbres que hoy en día ya son viejas,
al recordar mi casa abandonada.

Donde quedó mi tatema bien peinada,
el pantalón y la camisa blanca que me invoca,
la gallardía, el porte del Conde de Pineda,
el olor sui géneris del cuerpo que provoca,
el perfil francés es lo único que me queda,
pues a mi lo único que me faltó fue ropa.

Para llegar a ti ¡oh pueblo mío!
tomo los atajos del destino,
el cual amarro con sicuas del espino,
y suelto en la corriente de tu río,
quito los falsetes del camino,
y me refugio en el titiriteo de tu frío.

Aires del sur por donde las güilotas,
extienden sus alas capoteando el viento,
saurinas mensajeras de otro tiempo,
devuelvan las caricias que la tiutas,
se llevaron por error sobre sus rutas,
y nunca externamos un lamento.

Es la zóricua la que te dio su color
es por eso que eres prieta,
mojina, negra de amor,
que el calor te vuelve inquieta,
por eso es que tu silueta,
se desviste en su esplendor.
tu recuerdo seca la sanchicua,
pone érrito mi corazón arrecho,
alerta el olor de las vivas sicuas,
del espino que yace contrahecho,
donde el burro se rasca la sindicua,
y espanta los tábanos en asecho.

No olvido las ilamas y huicumos
chucumpuces, pinzanes colorados,
los tumbiriches que tanto me escaldaron,
la calma convertida en humo,
las toqueres en el desayuno
y los chirimos bien pelados.

Déjalos los calates que froten la memoria
tu respira los vientos de tus ríos,
cuenta las hileras de tindillos
como se revuelcan en la historia
escondiéndose de los gavilancillos
que asechan perpetrados en la loma.

Escucha el trino azul de las urracas
como crujen la rama de la cañufístula,
mientras los guaches van por las vacas,
el sol quema la flor de las apáchicuas
y las catarnicas bailan en su alharaca,
al ritmo que despega la punta de la sánchicua.
Un almud de recuerdos invade la tristeza
del tiempo que corre como cushilinga,
es por eso que veo con rareza,
como se le fue la sombra a la cahuinga,
quizás, tal vez fue la ausencia y la pobreza
la que hizo más grande el charco de la cuinda.

El gabarro de tus plantas con juanetes
no permite que luzcas dominguera,
pero te dan fama los cuajilotes,
los pinzanes, atuzes y cuerameras,
y bajan a verte los bonetes,
desde la loma que hay en La Calera.

El tapaculo, las barbas de chivo y las paracatas
Idolatran tu peinado de cuaile de coco,
el sincho, el sinchete y las caróbatas,
el apocar y el arlomo en su bejuco
hacen ver tu carapé siempre pachuco,
cuando te adornan con apáricuas.

El campichirán está rodeado de polole y de atacua,
y el cuachalalate bojo por las chancharras,
se entona al ritmo que hacen las cigarras
que bajan contentas de las cacamicuas,
cargando al lomo su liacho de garras
para invadir las flores de las apánicuas.

El surundanico viste su enchilado
y el poporo junto al camé su amarillo,
el tabachín con vainas colorado,
estremece las ramas del morillo,
al tiempo en que las flores del escobetillo,
se secan al rededor de su cercado.

Huraño el horizonte con sus nubes vagas,
en el que las tiutas remontan su vuelo,
y las cuipas se distinguen por sus alas,
capoteando a tientas el inmenso cielo,
donde se descubre abierto ese negro velo,
que llevan siempre en los ojos las iguanas.

No olvido el perfume de la sierra
ni el fragor eterno del Río Balsas
aquellas viejas costumbres de mi tierra,
que se fueron yendo en sus aguas mansas,
recuerdo charapozo que hoy entierra
la época dorada de las garzas.

¿Quién puede componer el falsete del camino 
que obstruye el paso del chaneque?
¿quién puede ponerle horqueta al animal dañino
si el corazón del campo es el cuinique?
¿cómo adornar el altar con varas de espino
si el santo patrón prefiere el bajarique?

Los uchepos cosidos al fogón
las toqueres doradas al comal
los tamales nejos con su cal
la chúmata en su dulzor
la ciruela en el tamal
y la manácata en su espesor.

Tu historia es un chile con huevo,
chilpa que pica la inmundicia,
arápara cegadora de lo nuevo,
que llama a tientas las cenizas,
en un liacho luido de caricias,
que se atisban en todo lo que debo.

Cuanta alegría trae al campo el maiz
y cuanto gozo la lluvia que cae en junio,
enamorarse rotundamente en plenilunio,
para no desear y andar arraiz,
ser alegre cual hijo de Arnais,
para aguantar la canícula del mes de julio.

Me retumba el corazón de su latido,
al ver tu gente vivir la francachela,
me duele el golpe del molote carcomido,
que quedó como herencia de mi abuela,
al revisar sus cosas, ya que se había ido,
quedó el aparato de petróleo y una vela.

Zirándaro, te quiero por tu aporreado,
por lo que pesas en arrobas,
y en tu gusto por las ciruelas bobas,
las agrias en chile colorado,
el zihuaquio bien curado,
y por el tiempo que me robas.

Me apeas con atino del desplante¿
que quiere llevarme para Europa,
es una idea cotonuda que se arropa,
en mi espíritu caballeresco y andante,
no tengo silla, tampoco a Rocinante,
ni quiero que me saquen de la troja.

Cuando piso tu suelo tierra huraña,
me imanta la sábana de tu cielo raso,
las saibas alegres adornan tu regazo,
como si fuera un plan con maña,
mientras tus bajiales el río baña,
en la víspera que anuncia el ocaso.