www.Zirándaro.com

El  Pueblo Consentido de la Tierra Caliente

                   

ESCRITORES

 


 

Virgilio Bermuez Nuñez            Virgiliobermudez@hotmail.com

 

OFRENDA A ZIRANDARO

 Cerro el Campo viejo vigía de mi valle, que de tu altura acaricias de mi región las primicias abrazándola del talle, dame la velocidad del viento, de tus riscos y encinares, el que vuela en tus lugares y tiembla en mi pensamiento. Parda sierpe de deaplazas tu cauce entre las montañas, el agua con la que bañas a la llanura sedienta, y al barro que se revienta, al germinar la semilla que sembrada en tus orillas, de rojo sangre te entinta al cosechar las sandías. Nombre hermoso "de las Balsas" que al bajar por la pendiente das en forma permanente, comida y baño a mi gente la de las plantas descalzas quiero en tus linfas viajar, como en un sueño lejano regresar con mis hermanos a mi origen rescatar. Añorado río del Oro el de andar húmedo y tibio, con el que siempre regresas a mi tierra a la quebesas, y a su calor das alivio. Prendiste a mi sentimiento tu recuerdo milenario, imborrable relicario de tu cadaver violento. Nave y campanario añosos de la iglesia que levanta, su vuelo como paloma y que hasta el cielo se asoma, ante la grey que le canta su fe cubierta en rebozos. Aquél gigante Agustino Fray Juan Bautista de Moya, te erigió como una joya para ligar nuestro sino a la armonía que se apoya en Nicolás Tolentino. Vieja plaza de Zirandas del verde de la esperanza, de aquél pasado que alcanza mis juveniles amores, que ahí empezaron su andanza en septiembre trobavores en pos de niñas hermosas, con gracias de mariposas y rostros como de flores. Olor de lluvias primeras "Sánchicua" recien brotada aroma a tierra mojada yuntas que de madrugada, trazan rayas paralelas trabajan en las parcelas los que son hombres deveras. Del barbecho acariciado abierto en vientre feliz, ha de brotar el maíz, que en el han depositado para alimento sagrado, de gente de mi país que siempre lo ha cultivado. Rico Jagüey del saber primaria Riva Palacio, que ocupas en nuestro espacio la parte de los cimientos primeros conocimientos que en ti pudimos saber. Maestros siempre tuviste que los son de vocación, del huache en el corazón donde la bondad pusiste, de este modo nos abriste el gran globo del saber a gente de tu rincón, que el mundo fue a recorrer en conformada legión de enteros profesionales, salidos de tus eriales para dar su aportación. De hombres recios y valientes los recuerdos en cascada, me llevan a las charreadas de estilo Tierra Caliente donde piales y manganas se brindan a las pestañas de tus mujeres sonrientes. Cuando bajas del "tablado" morena hermosa de "huanancha" al viento tus faldas anchas, bailándole un zapateado al toro apretalado la reata estira en un brete al que ha ed entrar su jinete. Cuando era niño sabía que la fecha se acercaba, cuando agosto veraneaba y allá por "La Rosalía" la recogida llegaba, el ánimo se aprestaba con montura y cueras nuevas, reata y sonoras espuelas a dar la mano en la arreada. De mi memoria recojo imágenes que ya van, al llano en día de San Juan todas vestidas de rojo mis labios de atole mojo, con su pinole y ciruela un viento que sopla en rachas, y la imaginación que vuela a los brincos de la reata en la que saltan las huachas. Fiel testimonio de alteza del pasado impresionante, yácatas que el caminante le recuerda la grandeza del tarasco que alcanzara, un orizonte sin fin lo mismo en San Agustín si a Pandacuareo llegara, a Catatemba asomara, Mexiquito contemplara, oculta entre la maleza Ciudad que en silencio llora, olvido, saquéo y tristeza contrastes de ayer y ahora. Al tiempo que ha de llegar quiero verme desfilando, por el barrio caminando hasta mi último lugar del caserío final, por el río hasta El Recodo, donde queda tu panteón en el alto farallón, tributo muy a mi modo donde se van las estrellas, a darle a mi corazón contacto eterno con ellas.





EL TRATO CON EL DIABLO

 

Cuento

 Francisco García Rojas.

 

José Espiridión era un hombre pobre, moderadamente dado a la bebida e ingenuo como la mayoría de los hombres pobres del pueblo. Creía en los fantasmas (espantos les decía él), en las brujerías, en los pactos con el diablo y en general en todas esas cosas intangibles que pueblan las vidas y las mentes de la gente sencilla.

Un día, platicando con sus amigos en la cantina del pueblo, al calor de una copita de mezcal, surgió el tema del demonio y de quienes, se decía, habían hecho algún pacto con él; como don Pantaleón del rancho de “las Palomas” que, según rumores, “se había empautado con el diablo p´a que cuidara de sus hijos”, razón por la cual los muchachos a pesar de haber tenido muchos pleitos, algunos de ellos a balazos, seguían vivos y a lo más habían sacado algunas heridas de no mayor consecuencia; en tanto que el padre permanecía vivo a pesar de sus muchos años. En la cara ya no le cabía una arruga más.

El rumor afirmaba que a sus hijos los había hecho ahijados del demonio y que él se encargada de cuidarlos.

 Por eso, la gente del pueblo se cuidaba mucho de enemistarse con los hijos de don Pantaleón y solo los forasteros, algunas veces, se atrevían a hacerles frente y siempre habían salido perdiendo.

José Espiridión estaba cansado de ser pobre y dispuesto, así lo dijo cuando el calor del mezcal le hizo brotar lo valiente, a hacer un trato con Satanás.

Por eso, cuando en la plática salió la forma de convocar al demonio, puso especial atención.

Estaba cayendo la noche cuando salió dando tumbos de la cantina, en su mente nublada por los vapores del vino bullía, haciendo remolinos, la idea de gritarle al diablo y pedirle mucho dinero “p´a no tener que trabajar nunca más en la vida”.

Al día siguiente el sol amaneció mas caliente que nunca: al salir al patio de su casa le cayó como agua hirviendo; la pura claridad le ardía en los ojos y ese enorme dolor de cabeza que con el menor movimiento parecía se le iba a reventar.

Su mujer, viéndolo tan mal,  a pesar del enojo que le tenía por haber llegado borracho, le preparó unos chilaquiles muy picosos, un jarro de café negro bien cargado y, del poco dinero que tenía para pasar la semana, le mandó comprar una cerveza.

José Espiridión sobrellevó todo el día, hecho un ovillo en su camastro, con paciencia ovejuna, la enorme cruz de la resaca. “todo -decía para sus adentros- por ser pobre, porque si tuviera dinero tomaría vinos finos, d´esos que no hacen cruda”.

 Por la noche estaba más que decidido a buscar al “amigo” p´a ofrecerle un trato.

Una semana después, para desconsuelo de sus gallinas, agarró el gallo negro, el único que tenía, y lo metió en un costal. A metesol le dijo a la mujer que iba a darle una vuelta a la milpa y salió con el costal al hombro; pronto se perdió entre las sombras de la noche y de los árboles.

Subió hasta la punta del cerro de “La Iguana”, allí donde se decía que habían matado a muchos en la guerra de los cristeros y esperó a que dieran las doce de la noche.

Un viento fresco silbaba entre las ramas de los encinos; en ocasiones los silbidos parecían lamentos, lo que le ponía la carne chinita, sin embargo se aguantó hasta que a los lejos, oyó las doce campanadas de la iglesia, señalando la media noche; entonces apagó el cigarrillo de hoja, tomó el gallo que tenía amarrado de las patas, lo levantó hacia el cielo y gritó.

Otro gallo, éste de su garganta, salió en defensa de su tocayo, y deformó la voz que salió tipluda:

-Diablo, ven que quiero hacer un trato contigo.

Nada, el silencio fue la única respuesta. Momentos después una ráfaga de viento colándose por entre el follaje de los árboles silbó y a José le pareció que el sonido salía del más allá. Las piernas le empezaron a temblar y le llegó un enorme deseo de “hacer del cuerpo”, pero no era cosa de echarse p´atrás.

-Diablo, Diablo, ahora la voz intentaba ser mas firme, ven que quiero hablarte.

La misma respuesta.

Esperó unos momentos y por tercera vez lo increpó:

-Satanás, si de veras existes ven, no te tengo miedo, te traigo un regalo.

En ese momento con un golpe del machete que traía en la mano derecha, descabezó el ave que sostenía al viento. El animal empezó, con movimientos convulsivos, a chorrear sangre que le salpicó a José Espíridión, le cayó en  la cara y le entró en los ojos, lo que le nubló la vista y le obligo a soltar al animal para limpiarse, dio un traspiés y perdió el equilibrio.  Cuando cayó sintió que algo duro golpeaba en su cabeza y empezó a rodar cuesta abajo. A medida que su cuerpo iba girando, su mente se perdía en una bruma hasta que cayó en la oscuridad completa.

Era la tarde del día siguiente cuando lo encontraron semioculto entre el breñal, unos diez metros debajo de la punta del cerro. Estaba lleno de tierra y de sangre coagulada en la cara, con rasguños por todo el cuerpo,  la ropa hecha jirones y todavía inconsciente. En el suelo a su derredor, bien marcadas estaban unas huellas, parecían de algún perro muy grande, o de un coyote. El gallo había desaparecido. 

Uno de sus amigos de aquel día en la cantina, que había oído la intención de José Espiridión, encontró las huellas del animal, que se confundía con otro rastro de pezuña hendida, mayor que un chivo, pero menor que una vaca, pensó que fuera de un becerro. Aparte de eso, solo unas cuantas plumas negras desperdigadas.

En una angarilla improvisada, llevaron al herido hasta su casa en donde continuó súpito tres días. Cuando volvió en sí, le explicaron donde y como lo habían hallado y le preguntaron como había llegado  hasta allá.

-Es que andaba buscando la vaca pinta que está al parir y se me hizo tarde, me subí a la punta del cerro p´a ver si la devisaba,  me trompecé y me callí; en la rodada me rasguñe con las ramas y las espinas.

-Oye amigo, le dijo Natividad, parece que te rasguñó el diablo, ¿no andarías queriendo hacer tratos con “el amigo”?

-Ni que´stuviera loco, se apresuró a contestar José Espiridión y se volteó para el otro lado de la cama en señal de no querer continuar la plática.

Pasaron los días, José espiridión se levantó de la cama, las heridas curaron, pero le quedó una cicatriz en la frente, en  forma de herradura que, según los conocedores, es la señal que pone el demonio marcar a los suyos.

José espiridión nunca encontró ningún tesoro, años después murió con la duda si de veras habría hecho algún trato con el “amigo”.




LA POZA DEL CHANEQUE


 

 Por Francisco García Rojas             franciscogarciarojas@hotmail.com

 

 

El caserío descansa soñoliento entre cerros que lo circundan. El blancor del alba se hace a cada momento más brillante y delinea con claridad casas y árboles. La sinfonía de los gallos desde hace rato despertó a los perros para que ladren a las sombras y las ahuyenten.

Poco a poco la actividad aumenta, empieza con los ordeñadores que acarician las ubres pletóricas y les arrancan acompasados chorros blancos que poco a poco van llenando la cubeta con leche espumosa, le siguen las molenderas con el crepitar los leños para calentar el comal y los fogones, preludio del almuerzo.

En la orilla del villorrio una casucha de paja empieza a emitir volutas de humo, en tanto, un hombre en el patio, golpea metódicamente un tronco con el hacha hasta convertirlo en leña.

La mujer, junto al metate, aplana entre sus manos los testales de masa para hacerlos discos perfectos que gentilmente recuesta al calor del comal; en una cama de otates, un niño viaja todavía en el mundo fantástico de los sueños y se resiste a entrar al agreste y a veces cruel, de la vida diaria, a pesar de los gritos insistentes de la madre; sin embargo, muy a su pesar, tiene que hacerlo cuando el padre le grita:

          -ándale guache, espanta la cucha que se quere comer la mazorca.

Con los ojos casi cerrados por el peso del sueño remanente y lo pegajoso de las legañas, el chiquillo trastabillando llega hasta la puerta y al abrirla, el resplandor del día naciente que lo golpea en la cara, lo acaba de despertar.

La vida toma su ritmo, un rato después se ve al hombre y al niño caminar rumbo al potrero, para arrancarle el alimento a una tierra magra por la erosión de las lluvias en contubernio con el proceso de deforestación. A metesol regresan al hogar que aunque pobre, casi miserable, les brinda el único refugio.

Después de varias semanas de arduo trabajo, por fin el ajonjolí se cubre con un manto blanco de flores y con ellas también flore la esperanza del hombre, de poder comprarle ropa a la mujer y al hijo.-Anque yo no alcance_ se dice para sus adentros, en una actitud resignada.

 

El domingo el niño tuvo permiso de irse a bañar al arroyo, al lugar de siempre; después de retozar un rato, vio un ciruela roja y apetitosa que, corriente abajo, se escapaba; no estaba dispuesto a dejarla ir, la persiguió hasta un remanso, metros abajo en donde la encontró junto con media docena de similares. Todas ellas (y mas que hubieran sido), fueron trituradas y exprimidos sus jugos en la boca golosa del infante que después se entretuvo jugando en una lampacera que crecía abundante a la orilla de la poza; al rato decidió regresar a casa, fue en busca de sus ropas y sobre una piedra, con pequeños brincos se sacudió el exceso de agua, antes de vestirse con sus raídos atuendos.

El viernes siguiente el niño amaneció con un sueño mayor que el de costumbre, al grado que le costó gran esfuerzo levantarse; ya en el potrero solo deseaba acostarse, aunque fuera al pie del surco.

Por la tarde, al regresar a casa, sus mejillas rojas denotaban la calentura que luchaba por salir. La madre le tocó la frente y preocupada le gritó al marido:
-ándale Juan, el guache tiene retiarta calentura, traite barro p´a ponerle en la panza.

Le pusieron barro en el abdomen, chiqueadores de yerbabuena  en la frente, friegas con grasa de infundia de gallina rodaila y hasta ventosas en la espalda; pero toda la noche la pasó delirando en la semi-inconciencia de la fiebre y soñando que tenía un caballo para jugar carreras y que se sacaba el listón de la niña que vivía al otro lado del capire quien, ahora convertida en una hermosa mujer, le tenía que dar el ramo de flores correspondiente  y que luego iba al corral de toros y pialaba al toro prieto, de don Rafael Romero y que la muchacha le miraba con admiración desde el tablado arriba de la cerca de piedra.

Cuando llegó la mañana, estaba fresco, de buen ánimo, con mucha sed, le dieron un jarro de agua de hojas de naranjo además de los frijoles y tortillas habituales y se fue con el padre a la labor.

Para el medio día, ya no podía seguir, sus mejillas de suyo pálidas, habíanse tornado de un grana encendido, la fiebre lo abrasaba.  El padre se dio cuenta y lo mandó acostarse debajo del tepehuaje a la orilla de la cerca de piedra.

En la tarde, de regreso a casa, tuvieron que mandar buscar a la sobandera porque el niño seguía enfermo; la vieja dijo que tenía garrotillo, le embadurnó la cabeza con sebo revuelto con hierbas maceradas y semidescompuestas y le jaló los cabellos a mechones, ordenó que le dieran solo atole blanco hasta lograr su alivio.

Tres días mas tarde la piel se empezó a tornar pálido amarillenta y entonces los vecinos opinaron que tenía tiricia, le dieron el tratamiento correspondiente, pero seguía peor. Por fin a las dos semanas de iniciada la enfermedad, el niño no se levantaba de la cama,la madre había desatendido todas sus obligaciones y solo se dedicaba a velar al hijo. Esa noche el niño empezó a desvariar y a hablar en el emborucamiento de la fiebre.

-tate quieto amigo, no mi hagas nada porque mi mama se va a enojar.

-que ti asosiegues, no ves que tengo quirme p´a la casa.

arí `pues mero, yo mejor quero star con mis tatas.

La madre entre espantada y curiosa lo despertó:

-Manuel, Manuel, dispierta, ¿quistas soñando?.

-Eh? _ contesta el niño cuando hubo despertado.

¿qué estabas soñando, hijo?-, Pregunta la mujer.-Staba soñando que mi bañaba y que un guachito salía de debajo de una piedra entre los lampaces y que me quería llevar a jugar con él
-¿Y como era el guachito?.

          -Mas chiquito que yo, asina, -y el niño ponía la mano, palmas abajo a la altura del bordo del canchire _con las orejas puntiagudas y unas barbas.

oye Manuel, ¿onde fuites a bañarte l´otro dia cuanto te tardates?.

Tuvo qUe confesar que ese domingo antes de enfermar, fue al lugar de siempre, pero siguiendo unas ciruelas corriente abajo había llegado a la poza que está en la ceiba grande y como la encontró honda y mansita, se puso a bañar y que luego le había dado sueño y se había quedado dormido un rato pero que no había visto nada.

La madre se lo contó a doña Ramona, la vecina, quien de inmediato opinó:

a tu guache lo jugaron los chaneques –el diagnóstico fue tajante y sin aceptar replicas- lo que tienes que hacer es llevarles cigarros, bebida y comida  p´a que le quiten el daño.

En cuando el marido regreso del trabajo, la madre le platicó lo sucedido y esa misma tarde, casi de noche, el hombre fue hasta el arroyo. En una piedra entre los lampaces colocó cuidadosamente una botella de mezcal de Zihuaquio, un rollo de cigarros de hoja, pedernal, eslabón y yesca, además de un plato de aporreado con sus respectivas tortillas, al tiempo que decía:

arí amigos, ya quítenle el mal a mi guachito, es l´unico que tengo p´a que me ayude en el trabajo y p´a que nos cuide a mi y a la mujer cuando stemos viejos, no sean malos; si me lo curan, por ésta – al tiempo que con el pulgar y el índice de la mano derecha hacía la señal de la cruz y le daba un beso sonoro –que cada año les traigo lo mismo d´iora.

Solo el murmurio del arroyo y el croar de un sapo escondido en algún lugar, contestaron al hombre.

Se retiró caminando lentamente hacia atrás, con una ligera genuflexión hasta que llego a la orilla del camino, entonces se puso el sombrero que llevaba enganchado del barbiquejo en el brazo izquierdo, dio media vuelta y se dirigió hacia su casa, confundido entre las sombras de la noche.

El camino pasaba a un lado del camposanto; el hombre sintió que el solo transitar por ahí era un mal fario y le dio la vuelta, aunque tuvo que subir una lomita y hacer un recorrido tres veces mayor.

Cuando llegó a su casa le dio un vuelco el corazón al divisar desde el camino luces de candiles en el patio y escuchar un murmullo rítmico y monótono que en momentos se confundía con zumbido de abejas,eran las rezanderas que alrededor de la cama del enfermo hacían las plegarias y liturgias aprendidas de sus madres y de sus abuelas; mezcla de fe cristiana y de ritos paganos.

En el patio, los amigos y vecinos, en pequeños grupos comentaban los acontecimientos con sus respectivos añadidos:

al hijo de doña Merenciana, ya va p´a un año que lo jugaron los chaneques y nunca jué bueno; dende entonces quedo tarugo -decía uno muy avezado en el tema-.

          Pior le fue al guache de un amigo de los Ticuiches; a ese se lo robaron y nunca lo regresaron –terciaba otro para no ser menos-.

El hombre, con el semblante contraído y los labios secos por el miedo, llegó saludando con voz temblorosa; apenas tocaba con la palma de la mano a cada a uno, al tiempo que es decía:

buenas nochis don Maclovio, gracias por venir.

Buenas noches Juan _le contestaba el aludido­_ aquístamos p´a darte valor y p´a lo que se ocupe.

Con cada uno de los visitantes se cumplió el mismo ritual con muy escasas variantes.

Al entrar a la casucha, el calor de las veladoras mezclado con aceites rancios le produjo mareo y deseo de vomitar. Tuvo que sobreponerse para saludar a las señoras.

¿Juites al mandao? – preguntó la esposa con la cara amarilla y la boca seca.

Si pues amiga, quien quitare que con tanta lucha, el guache se componga – contesto entre responsos-.

La luna con su cara redonda se asomó entre los cerros; los perros en una algarabía que recorrió todo el pueblo ladraron repetidamente y las visitas, una a una fueron despidiéndose y perdiéndose por el recodo de la vereda.

El hombre y la mujer velaron toda la noche: ella sentada en una silla desvencijada al pie de la cama de otates, él en el suelo, con un cigarro de hoja cuya luz de cuando en cuando crecía.

En la madrugada grande, el niño murmuraba sonidos ininteligibles y el sudor le empapaba sus ropas.

La madre que estaba más cerca, fue la primera que se dio cuenta, llamó al marido y ambos, hincados, rezaron lo poco que sabían, con la angustia en la cara y la casi seguridad que el hijo se estaba muriendo,Pero cuando el sudor pasó y se secó, el niño se quedó tranquilo, la respiración se tornó suave y rítmica y el silencio bañado con luz de luna, inundó el cuartucho.

Amaneció; el niño estaba vivo, mas aún, no tenía calentura, todavía más, tenía mucha sed y quería comer.

La madre se apresuró a matar la única gallina que le quedaba y a moler nixtamal en el metate; al rato le llevaba un plato de barro rebozando de caldo, una ollita con atole de arrayán y un tecomate hasta la mitad de tortillas recién hechas.

El pequeño devoró todo mientras los padres embelesados lo veían sin dar crédito a sus ojos.

Ese día el hombre no fue al trabajo y la mujer, por primera vez en todo ese tiempo, se fue a lavar el montón de ropa ajena que se le había acumulado y que la patrona amenazaba con dárle el trabajo a otra.

El niño se pasó el día jugado, tenía permiso de hacer todo lo que le viniera en gana, claro con su respectivo paliacate amarrado en la cabeza y sendos tapones de ruda en los oídos–.

p´a que no l´entre un mal aigre_ decía la señora.

A partir de ese día, tuvo estrictamente prohibido bañarse en el lugar que desde entonces se le llamó “la poza del chaneque” y el hombre, por varios años, en alguna de las noches lluviosas de julio se le veía caminar hacia el arroyo con un morral colgado al hombro para llevar a los chaneques comida, mezcal y cigarros.

 

 

AÑORANZA

 

Francisco García Rojas

 

La mañana amaneció húmeda, las flores y las hojas lucían sus collares de perlas de rocío, esféricas y cristalinas; el aire estaba preñado de humedad, durante la noche había llovido, y en el ambiente había un olor a promesa de abundancia y de bienestar; Algunas nubes tachonaban el cielo que empezaba a tornarse rojizo por el oriente, donde el alba recién se había marchado para dar paso a la aurora que, con su vestido escarlata, anunciaba la pronta llegada del sol.

Un gallo -heraldo del nuevo día- daba la noticia del amanecer, en una casita de paja junto al arroyo que -coro de mil voces- murmuraba una canción de vida.

De la choza se desprendían volutas de humo, envueltas en olor a guiso de queso con chile y café; las tortillas, discretas al olor pero exquisitas al sabor, eran a la vez cuchara y comida, para acompañar al cortejo de alimentos que  tomaríamos en torno a una mesa de tabla de pino,  en una armonía sencilla, sin complicaciones.

Después del almuerzo salí con mi padre rumbo al potrero, en donde los surcos abiertos el día anterior esperaban la semilla que engendrara vida.

El camino a la labor estaba bordeado de pequeñas florecillas de cinco pétalos amarillos y de campánulas moradas, en perfecta armonía cromática para ornamento de la primavera.

Mi padre,  mi perro y yo, íbamos derribando perlas  a cada paso, para convertirlas en lágrimas de felicidad y con ellas regar la esperanza del día naciente.

Al llegar al potrero, Colgamos el morral del itacate en el mezquite, al pie de la cerca y, con los tecomates llenos de maíz atados a la cintura, empezamos a depositar la sementera en el seno del surco para enseguida, con el pié, arroparla suave casi cariñosamente con un fragmento de madre tierra.

El olor a frescura matinal, a fragancia de hierbas y a perfume de floración y de esencia de tierra -mujer y madre- abierta en sus entrañas para ser fecundada, se quedó almacenado en lo profundo del arcón de mis recuerdos para que, muchos años después, cuando en un mundo lejano, inmerso en la vorágine de la tecnología y del vaivén incesante de las multitudes citadinas,  sintiera nostalgia de mi tierra, a solas, con mi imaginación, pudiera abrir ese pequeño baúl y aspirar el aroma que había guardado cariñosamente en mi memoria; delicadamente envuelto con el terciopelo del amor al terruño.

Entonces, cerrando los ojos por unos momentos, el tiempo y el espacio desaparecen y vuelvo a aspirar el aroma de las campánulas azules, de las florecillas amarillas, de la frescura matinal y de la tierra -mujer y madre- recién abierta para engendrar con amor a sus hijos, y me veo en el potrero, en ese pedacito de colina en “El Chirare” y  puedo distinguir con meridiana nitidez las casas suavemente cobijadas con parotas, quiringucuas, ceibas y truenos; puedo oír el mugido urgente de la vaca en la pastoría, llamando a su becerro y el ladrido del perro que persigue al cuche hasta el arroyo cercano.

Y por unos momentos, solo por unos momentos, me siento en mi pueblo, extasiado con el aroma de la primer lluvia de la temporada, nutriéndome con la frescura del campo y con el olor a corral de ordeña, y entonces, mi espíritu se solaza, y me miro chiquillo, pies descalzos, sombrero deshilachado, en sintonía perfecta con la naturaleza, aspirando el aroma inigualable de la tierra recién mojada, y con esos recuerdos maravillosos de la infancia, una sensación de paz y bienestar me invaden y me vuelvo a sentir en perfecta armonía con la vida.


POROCHE

 

 

 Por Francisco García Rojas.

 

- Poroche es un personaje imaginario, nunca existió.

-¿de veras no existió?

- ¡Por supuesto que no!

-Pues yo creo que Poroche somos un poco, cada uno de nosotros.

 

 Nadie sabe con exactitud como ni de donde llegó; algunos dicen que años atrás, en la más importante fiesta del pueblo, que se realiza por el mes de noviembre, vino una mujer vendiendo loza, peltre y demás enseres de cocina y que con ella traía un niño pequeño, con un bracito deforme y que al terminar la festividad y los comerciantes ambulantes se fueron, la gente lo encontró entre unos cartones que dejaron abandonados junto con la basura. Que probablemente el niño se les extravió o, que tal vez lo olvidaron intencionalmente, porque nunca nadie regresó a buscarlo.

 En un principio las vecinas le dieron de comer y, unos días con una y otros con otra, fue pasando el tiempo, las semanas, los meses y los años y el niño fue creciendo.

A medida que esto sucedía, se hicieron notorias sus deficiencias: cuando aprendió a caminar, lo hizo en forma zigzagueante porque la pierna izquierda tendía a desviarse hacia afuera, por una evidente malformación congénita; el brazo del mismo lado también era torpe en sus movimientos y con cierta frecuencia no le permitía asir los objetos con fuerza y precisión; el habla era farfullante, con abundante saliveo, era necesario poner mucha atención para entenderla, aún cuando la apoyaba en expresivas gesticulaciones y su inteligencia dejaba mucho que desear; a pesar del esfuerzo de un maestro que intentó enseñarle a leer, nunca pudo entender los misterios de los garabatos que quieren decir palabras. A cambio, tenía grandes cualidades: era obediente a toda prueba, incapaz  de violentarse ni siquiera para defenderse y agradecido con cualquier regalo, así fuera una caricia en forma de revoloteo de cabellos que, ensortijados, formaban anillos en su cabeza.

El pueblo lo adoptó como mascota, por lástima, por caridad cristiana, por compasión o por curiosidad y le dio un nombre: “Poroche” o, _tal vez_ él adoptó al pueblo, porque nunca intentó emigrar.

Si alguna ama de casa no tenía a quien mandar, bastaba con echarle un grito a “poroche” para que con su zigzaguear corriera a hacer el mandado; una vez terminado, esperaba pacientemente a que le dieran lo que fuera: una moneda, un taco, un dulce; nunca reclamaba por lo exiguo del pago y mas de una vez se quedó esperando, porque la señora simplemente se olvidó de él. No obstante esos olvidos, en cuanto le volvían a llamar, igualmente corría para cumplir con el encargo.

Los muchachos, con frecuencia hacían burla de él, por su orfandad, por su discapacidad múltiple o por su poca inteligencia. Poroche nunca se enojaba; aguantaba beatíficamente todas las bromas y cuando más, si llegaba a recibir golpes, se quedaba acurrucado, en posición fetal, llorando, muy quedo, emitiendo gemidos que parecían de un perrito; en esas ocasiones -a veces- se le oía sollozar muy despacio musitando: amá, amá.

Si nadie lo llamaba para consolarlo ­_cosa harto usual_ Poroche permanecía arrinconado, hasta quedarse dormido. Al día siguiente se levantaba a seguir con su vida a cuestas.

Tenía poca consciencia del valor del dinero, tanto al recibirlo cuando le regalaban algunas monedas o le pagaban algún servicio, como al entregarlo, para comprar una mercancía, generalmente comida. Muchas veces el tendero se negaba a darle lo solicitado porque el dinero que Poroche mostraba en la palma de su mano no era suficiente, o bien le entregaba alguna otra cosa de menor valor; Poroche nunca protestaba, aunque _justo es decirlo_ otras veces, el comerciante absorbía el faltante para cubrir el precio de lo solicitado.

            _ Poroche, le decía una señora, toma esta ropa y este pan de jabón y vete al arroyo a bañarte; restriégate bien con jabón y arena, tiras tus trapos viejos y luego te vas con Juan el peluquero, le dices que te pele a rapa, que yo luego le pago.

Y poroche cumplía tal como se lo ordenaban; de manera que solo se cambiaba ropa cuando alguien le regalaba. En su haber no existía la posibilidad de estrenar.

En algún tiempo don Pedro, el hombre rico del pueblo, lo recogió a su casa; le asignó un lugar para dormir junto a los demás sirvientes, le daba las comidas diarias; los domingos un pan de jabón de cuche para que se fuera a bañar y a lavar su ropa al arroyo. A cambio, Poroche tenía la obligación de hacer los mandados domésticos: sacar agua del pozo de reata que había en el patio, darle de comer a los cuches, acarrear leña para la cocina, tirar las basuras, etc.

Durante un tiempo estuvo bien: tenía comida y lugar para dormir, pero Poroche no poseía un claro concepto de la exclusividad en el servicio y con frecuencia se perdía de casa buena parte del día, si alguien _quien fuera_ le mandara hacer algo. Incapaz de desobedecer a nadie, ponía todo su empeño en el trabajo que le ordenaban.

Cierto día un grupo de hombres estaba tomando mezcal y comiendo carnitas y pilinques, Poroche acertó a pasar por el lugar y ni tardos ni perezosos lo llamaron para darle un taco, el cual engulló con mucho ruido _ Poroche siempre tenía hambre_ en seguida le ofrecieron medio vaso de mezcal; la sensación quemante en la garganta que le produjo el primer trago, le llevó a rechazar el resto, pero sus anfitriones lo instaron a terminárselo so pena de negarle mas comida. Tuvo que hacer mucho esfuerzo y muchos gestos para terminarse la bebida y recibió mas comida, a razón de un taco por cada trago de mezcal. Rápidamente llegó a un estado de intoxicación; empezó a ver todo nebuloso, a tener mucho sueño, se acurrucó junto al árbol, a cuya sombra se realizaba el convivio, entre risas y comentarios chuscos de los hombres; en poco tiempo dejó de ser motivo de diversión y fue relegado al olvido. Cuando la fiesta terminó, los hombres se retiraron y dejaron a Poroche junto con la basura.

El frío de la madrugada lo despertó, estaba lleno de vomito y parecía que la cabeza le iba a estallar, el menor movimiento le molestaba y le despertaba esa enorme nausea; no tenía a quién quejarse, quien se condoliera de él, quien le hiciera algún remedio; con su enorme malestar y su soledad se quedó gimiendo lastimera y quedamente, como un perrito apedreado. Todo el día lo pasó con la intensa cefalea y el insoportable olor a vomito y mezcal.

El suceso tuvo dos consecuencias: Don Pedro lo echó de su casa y Poroche en forma instintiva aprendió a rechazar el alcohol.

Mas de una ocasión algotra familia lo cobijó en su casa para el trabajo domestico, pero por una u otra razón pronto se cansaba de él y regresaba a la calle.

Cuando se sentía mas solo y triste, Poroche se subía a una lomita cerca del camposanto, ahí a la sombra de un cuirindal se ponía a mirar el cielo, los pájaros, el viento que movía las ramas de los árboles y soñaba… soñaba que tenía casa, que jugaba con sus hermanos, que no tenía ni hambre, ni frío, ni recibía palos y sobre todo, soñaba que su madre lo acariciaba y Poroche se dormía plácidamente con una amplia sonrisa dibujada en su rostro y entonces  disfrutaba del sueño. Ahí, en la punta del cerrito, pasaba la noche y el murmullo del viento entre las ramas le susurraba una canción de cuna.

Un día Poroche iba caminando por las orillas del pueblo, en el basurero, donde con frecuencia hurgaba en busca de algún objeto que le fuera útil, oyó unos pequeños gemidos entre la basura; en unos cartones encontró un perrito de menos de un año de edad, flaco, llagado y paticojo, además de un ojo lloroso del cual manaba una secreción seropurulenta, seguramente por una mala pedrada que algún rapaz le diera solo por diversión.

De algún recóndito lugar de su cerebro emergió un dolor sordo, indescriptible pero al mismo tiempo imposible de eludir, mezclado con un sentido de identificación solidaria; por un momento le pareció estarse viendo en un espejo. Recogió al perro, que temeroso en un principio (ya el instinto de defensa y agresividad se le había agotado) gimió, pero cuando comprendió que no pretendía hacerle daño, meneó la cola a todo contento. Poroche lo limpió suave, casi maternalmente, con los harapos de su camisa, al tiempo que le prodigaba palabras de cariño; de su viejo morral, sacó unos mendrugos de pan y se los ofreció, mismos que el animal engulló en un instante; el hambre se le notaba en lo prominente de sus costillas y en la voracidad para comer.

Poroche cuidó amorosamente al perro y el animal compartió gustosamente con él su suerte. Se les veía juntos, unidos por un mecate viejo, sin saber con exactitud quien conducía a quien. De la comida que conseguía el muchacho, la mitad era para el animal; cuando Poroche se quedaba dormido en algún portal, el perro se acurrucaba a sus pies.

Así pasaron varios años hasta que un día el perro amaneció muerto; Poroche le lloró con ese llanto casi inaudible que tienen los desamparados, luego lo llevó al camposanto y a la sombra de un árbol lo enterró amorosamente, se quedó un rato mirando la tumba de quien fuera su compañero y amigo, el único que no lo rechazó, después, quedamente se alejó, perdiéndose entre las sombras del véspero que se acercaba con rapidez.

En el mes de mayo de ese año, las lluvias fueron abundantes, los arroyos estaban crecidos, las corrientes arrolladoras. La noche anterior a los sucesos, llovió mucho en la sierra y en la mañana el arroyo estaba como nunca, hasta sus bordes. Una media docena de niños se entretenían juntando “gachupines” -esos insectos de cuerpo aterciopelado y color rojo encendido que aparecen en época de lluvias- y mariposas amarillas y “caballitos del diablo”, por la orilla del arroyo; de pronto, el borde sobre el que pisaba uno de ellos, cedió por el reblandecimiento de la lluvia y el niño cayó a la corriente que rápidamente lo arrastró ante el azoro de sus compañeros, que inútilmente le tendían ramas para rescatarlo.

Unos cien metros abajo, el pequeño fue llevado por la corriente hacia la orilla opuesta y pudo asirse de unas ramas que besaban el agua, pero la situación era inestable. Para ese momento ya se habían reunido una docena de hombres, entre ellos el papá del infante que veía con desesperación como el pequeño precariamente se aferraba de la rama. Nadie, ni el padre, se atrevía a lanzarse al agua, la corriente era muy fuerte.

De pronto apareció Poroche con un gran guaje y una cuerda. Se amarro de la cintura y entregó el otro extremo a uno de los presentes, luego con su correr zigzagueante, remontó por la orilla cuanto le fue posible y asiendo fuertemente el guaje con su mano deforme, se lanzo al agua; nadó furiosamente, por momentos se sumergía y parecía que se ahogaba pero luego, junto al guaje, volvía a emerger. El hombre que portaba el otro extremo de la cuerda corría arroyo abajo tratando de mantenerse a la altura del nadador suicida; por fin, después de muchos esfuerzos, logró hasta llegar hasta a la otra orilla, por fortuna no muy lejos de donde se encontraba el pequeño. Se quitó la cuerda de la cintura y amarró al niño; haciendo señas para que jalaran fuertemente, se arrojo con el niño a la corriente, el niño amarrado de la cintura y él abrazando al pequeño y agarrado de la cuerda y del guaje. Con la tracción de los hombres, pronto ambos estuvieron en la orilla correcta, enlodados, golpeados, pero vivos; fueron sacados en vilo y llevados a casa en donde les dieron de tomar atole caliente y comida. Ese día, por primera vez en su vida, estrenó ropa nueva, incluyendo huaraches a su medida y durmió en cama.

Pocos días después la novedad pasó al olvido y poroche volvió a ser el de siempre: el tonto del pueblo.

Yo lo conocí, en un principió me infundía miedo su aspecto deforme, su caminar de borracho y su hablar casi ininteligible; Poroche insistía en llamarme: ps ps ps _ me decía, al tiempo que con la mano me hacía señas que me acercara; yo me hacía el desentendido, tratando de eludirlo; muchas veces lo logré, pero un día, cuando me di cuenta ya me estaba jalando de la camisa y no pude escapar; Poroche me enseñaba algo que traía en su mano, no pude dejar de atenderlo y vi un crucifijo de plástico o de un material igualmente anodino, pendiente de un hilo color lacre; le faltaba un brazo y estaba bastante sucio, pero Poroche lo presumía como una pertenencia valiosa, con mucho esfuerzo entendí que lo había encontrado tirado y lo mostraba con el orgullo del coleccionista ante su posesión mas preciada. Me dijo que en las noches le rezaba al cristo para que lo cuidara y que con él, nunca le iba a pasar nada malo. Me pareció tan insignificante su posesión que di la vuelta y me fui, molesto y confundido: ¿como alguien pudiera considerarle valor a un objeto tan sin importancia?.

Varios días después me mostró que ya traía en el cuello su cristo de plástico roto, lo lucía con el orgullo de quien pudiera mostrar un diamante.

Poco a poco fui acostumbrándome a que Poroche me llamara, un día me mostraba una piedrita redonda; otro, un insecto muerto; otro más, alguna canica cascada o una moneda de cobre. En esa repetición de encuentros también me acostumbre a no sentir rechazo y en cambio a tenerle cierto afecto; entonces yo le regalaba un dulce que trajera casi olvidado en la bolsa del pantalón, un pedazo de pan o cualquier cosa. La respuesta era siempre la misma: muchos aspavientos de gratitud.

Lupita, una muchacha muy simpática, después de varios rechazos, por fin aceptó mis galanteos y ser mi novia; los domingos, nos veíamos en la plaza del pueblo y dábamos la vuelta al jardín, después le invitaba una agua fresca, o un dulce de chilacayote o una pieza de pan de tabla y en la plática yo le hacía muchos planes: tener una casa propia, aunque fuera humilde, comprar una parcela para sembrarla, casarnos y tener guachitos.

Ella recibía con agrado mis comentarios hasta que un día, llegó de la sierra un hombre montado en un caballo alazán; fue la novedad en el corral de toros en donde echó los mejores piales y Lupita, lo miraba embelesada. Bastó con que en la noche, durante el baile, el fuereño la sacara y le dijera algunas cosas al oído para que al día siguiente Lupita no amaneciera en su casa: se fugó con él durante la madrugada.

Yo me sentí decepcionado y avergonzado; era objeto de los comentarios mordaces y las miradas del pueblo. Pretendí huir por el camino del alcohol y lo único que conseguí fue la desinhibición para ponerme a chillar frente a mis amigos y .... una cruda horrible al día siguiente. Me fui al arroyo para tratar de aminorar la jaqueca con el agua y para huir de los regaños maternales. Ahí me encontró Poroche.

Cuando lo vi, tuve en quién descargar mi dolor y la emprendí a golpes con pies y manos contra él; Poroche cayó al suelo y adoptó una actitud fetal instintiva de defensa, pero en ningún momento trató de responder el ataque. Reaccioné cuando el pobre estaba sangrando por la nariz; al verle la sangre me espanté y me contuve; entonces lo empecé a limpiar con mi camisa y Poroche... solamente se dejó. No hubo ningún reclamo, ninguna voz airada, ningún signo de resentimiento, solo había en sus ojos una gran bondad y gratitud.

En su lenguaje entrambulicado me dijo:

            -te ejó a Upita, eda?.

            -Si, le contesté, me dejó, se fue con el sierreño.

            - ira, volvió a balbucir, e presto mi cristo pa´ que te uide.

            -Que me va a servir tu cristo – contesté todavía adolorido.

            -e eras, es uy ueno y ilagroso, ieras omo me uida a mi.

Por no alegar, le acepté el ofrecimiento y tomé el cristo de plástico de la mano deforme de Poroche, me lo eché a la bolsa de la camisa; no siquiera me atreví a ponérmelo en el cuello; alguien podía verme.

Me metí a bañar, le hice una seña a Poroche y obediente también se metió a la poza.

Con el frescor del agua, poco a poco la jaqueca fue haciéndose tolerable y entonces, por primera vez en mi vida, me puse a platicar con Poroche. Le pregunté si no sentía coraje con la gente y con la vida por los sufrimientos que le ocasionaban; me contestó que cuando se sentía humillado e indefenso, veía a una hormiguita y sabía que con un solo apretón de sus manos podía matarla y que nadie lo evitaría y entonces comprendía que había otros seres más desvalidos que él.

Que cuando tuvo su perrito, entendió que otros también necesitaban cariño y protección. Que en las noches miraba las estrellas y sabía que su madre desde allá lo estaba cuidando, que por eso nunca le pasaba nada.

Que cuando el viento se ponía a soplar por entre los árboles, sentía que Dios le echaba aire para que se refrescara.

Todo esto y muchas otras cosas me dijo Poroche en su lenguaje entrambulicado mientras nos bañábamos. Entonces entendí que dentro de se cuerpo deforme había un gran corazón y sentimientos de bondad inconmensurables.

Desde entonces Poroche fue mi amigo, muchas tardes nos juntamos debajo de la saiba de la plaza a platicar, él me enseñaba como veía la vida y las gentes desde su perspectiva de desposeído pero con sus ojos de bondad y gratitud y yo le daba comida, ropa usada, dinero. Siempre estuve convencido que yo salía ganando en ese intercambio.

Tuve que emigrar a la ciudad y muchos años después regresé, entre otras cosas busqué la vieja saiba y a Poroche; la primera ahí estaba, con sus hojas nuevas haciendo sombra y nuevos pajarillos anidando en sus ramas, pero mi amigo ya no estaba. Me dijeron que un día, precisamente debajo de la saiba, Poroche amaneció muerto, en posición fetal. Que los vecinos se cooperaron para comprarle una caja sencilla de madera de pinol y lo enterraron en el camposanto.

Fui a buscarlo y solo encontré hierbas crecidas en donde me dijeron habían puesto su cuerpo.

Con la muerte de Poroche sentí que el pueblo había perdido algo de lo bueno que tenía, me pareció más triste, más gris, menos bondadoso.


EL POBRE Y EL RICO

 

 
De
Ramós Sánchez

Ya me salí dedicado nomás a andar la misión ya no tengo apelación la suerte bien me ha golpeado. De verme tan arrancado ya no hayo lucha que hacer; ya no tengo que vender ni cosa que valga nada. Que suerte tan desgraciada ha sido esta para mi, ¡Ciclón! para que nací en tan crecido conflicto? como ven pobrecito ninguno me quiere hablar todos han de figurar que algo les quedré pedir. Que he de hacer, he de sufrir, esa mi suerte será. Mal ajo pa´la pobreza, si yo lograra la empresa por las lágrimas que lloro, he de hayarme rico tesoro, entonces yo fuera Don; yo portara pantalón, fuera hombre bien parecido, de todos fuera querido, y todos me dieran el lado. Si el rico se va a pasear, yo lo tengo experimentado; luego que lo ven llegar, lo reciben con agrado; le hacen un placer honrado. Con un semblante contento, el casero anda violentao a darle el mejor asiento. De esto nada le molesta, le da la mejor contesta, para salirle al mecate le manda hacer chocolate y se lo dan a beber, la cocinera al metate, la despachan a moler. Para darle de comer no hallan que guisado hacer de lo mejor que se encuentra, la casera anda violenta, de la casa a la cocina, mata la mejor gallina. Esto no es peor galardón; yo lo digo en conclusión, según mi sentido alcanza, como le ven pantalón, lo ponen con tanta panza, al ver la gran diferencia. Esta es la suerte del pobre, para que mejor me entiendan, si va a buscar de almozar, no halla ni quien le venda, ni tan siquiera cuartilla, le dicen que no hay tortillas, ni un grano de nixtamal, que se acabó hasta la cal, que no, ni pa´que se aguarde, y antes de que se le haga tarde, lo corren por donde vino, y el pobre agarra el camino, sufriendo con disimulo, las tripas se le hacen nudo, y de hambre trastabillea, y como el hambre es tan fea, no lo deja ed afligir. Llega la hora de dormir no halla donde hacer posada, si acaso hechó la tanteada, se le hace desconocido, y a veces ni aprecio le hacen, no hay ni quien le diga pase, lo ven y se están sonriendo y el pobre se va saliendo, muriendo con gran prudencia, y ahí se quedan diciendo: ¿Quién será ese sinverguenza? ¿Qué burra lo pariría, que duerme en una cuchilla, como cualquier animal? ¡Qué suerte tan desigual! ¡con usta razón me quejo! vale más ser animal y no ser pobre y $%#@$EJO

 DESPEDIDA DE UN MILITAR ASCENDIDO O DECIMAS DE LOS BORRACHOS DE ZIRANDARO.
 (En la Primer década del Siglo XX)

 Por: Ramón Sánchez Alias "El Cuate"

No quisiera despedirme porque me causa dolor pero hoy que pretendo irme, ¡Adios...LA PLANA MAYOR! Siempre voy a hacer valor de separame de aquí pero se acuerdan de mi todotos los parranderos. Adios...adios compañeros, de toditos me despido ya me voy muy afligido porque me voy y los dejo; pero a todos por parejo mis recuerdos dejaré. Aquí los mencionaré, no he de dejar a ninguno a todos de uno por uno aquí los voy a nombrar, yo me voy a desertar del batallón de Don Baco y no digan que me saco por falta de voluntad, porque cosa me separo porque aquí no tengo amparo y me hace falta moneda, pero a Don Chema Pineda voy a dejar de reemplazo, sabe manejar el vaso y es muy capáz para todo, porque alza muy bien el codo que ni se moja los labios, es un hombre de los sabios por eso me valgo de él, y dejo de coronel a uno de mis oficiales, Don Isidoro González que es un hombre de metal, le mete bien al mezcal y también al aguardiente, y queda bastante gente que puede desempeñar pués bien se puede tomar de las tiendas todo el vino, les dejo al Amo Antonio que es un hombre de provecho porque no se tienta el pecho para empinarse una copa así son los de mi tropa todos bien disciplinados a toditos mis soldados les he dado ese ejercicio todos prestan su servicio como buenos para ello también Don Mariano Bello es hombre que puede algo por eso de ellos me valgo y los dejo en mi lugar yo ya quiero descansar de esta vida desastrosa adios Leonardo Mendoza que tomas también sintiendo tu te quedas de sargento pero nomás no le ananches, adios Don Rodolfo Sánchez, que es el mero principal pues adios mi general, ya de ustedes me deserto mucho les encargo a Alberto y a Luciano Guerrero como de primera banda bien les gusta la parranda pero tienen buen estilo, adios amigo Rutilo te dejo de Mariscal porque te gusta el mezcal y tienes muy buen gaznate, adios Epitacio Arzate un amigo distinguido también bastante atendido de toda la sociedad, te dejo de autoridad a que cumplas con las leyes, adios...adios Manuel Reyes jefe de los artilleros, te dejo de compañero los de tu mismo destino, allí te dejo a Chimino que es un hombre de pelea también a Santiago Olea para que cargue el cañón y queda Don Juan Tacón para tu mozo de estribo, también queda Claudio Olivo para aumento de tu fuerza y si hay alguna dispersa dale cuenta al capitán, que es Don Ignacio Román, él te ha de prestar auxilio se pasa con Don Basilio y no ha de gastar disimulo, adios Zeferino el Chulo compañero del oficio, has prestado tu servicio que de tomar tienes callo, adios, amigo caballo, un soldado de primera, pues te llevas la bandera porque eres más mal bebido de toditos los muchachos, adios...adios los borrachos, de aquí del pueblo y del rancho, adios Don Felipe El Gancho, un militar afamado, porque toma rescado, sin conciencia ni temor, tiene bastante rigor y bueno para la bala, adios Don Jesús Zavala, no deje, pués de beber, y se queda en el poder de jefe de infantería, porque es de sabiduría a pesar ed ser tan sonzo, adios señor Don Alfonso, ya me voy para otra parte, usted lleva el estandarte, según lo cuenta la história, poruq para usted no hay gloria como el empinarse el frasco hasta ponerse bien guazco, como tiene acostumbrado, tanbién lo tengo nombrado para ministro de guerra, yo me voy para otra tierra, me voy por allá a hacer roncha, le dejó allí a Reyes Concha, que también no guarda dieta, Y a Ricardo Chavarrieta, por si se revuelve el agua, También a Jesús Pisagua para mozo de asistencia porque bebe sin conciencia y le ha de ir a la mano adios amigo Mariano de ustedes voy a ausentarme tu te quedas de gendarme como primer militar y no dejes de tomar siendo vino cualquier cosa, adios Framencio Mendoza, te dejo de subteniente porque eres inteligente para llenar y vaciar, por eso voy a dejar puros hombres de valor, para cuidar el honor y no quedan en defecto, voy a dejar de prefecto a Don Antonio Garduño, porque pertenece al cuño y no se me ha de negar tiene muy buen paladar para tomar lo que sea porque nada saborea y sobre el rastro se queda, también Don José Pineda, es un soldado de cuenta porque con él tienen venta en las tiendas donde hay vino y sabe bien el destino, no digan que es principiante pués ha sido comandante del ejército de Baco, no porque lo miren flaco, crean que no ha de dar servicio, ha tenido grande vicio, desde que yo lo conozco, adios...Zeferino el Mosco, te dejo recomendado, porque eres aficionado, al oficio de beber, y ya empiezas a poder; prestas algo de esperanza, porque también se te alcanza, el no beber en cedazo, siempre lo tomas en vaso, tienes algo de viveza, procura tener destreza, para que luego te enganches; adios Don Nicolás Sánchez, hombre de mucho talento, allí dejo el armamento para que arme a su gente dejo bastante aguardiente los mismo también mezcal, y queda azúcar y sal, para que hagan la botana, no dejen perder semana, denle duro y macizo, porque ya ven que es preciso, el cumplir con la ordenanza, me voy con esa confianza, que todos han de formar, que ninguno ha de faltar, para que pasen revista, por eso dejo la lista, de todos los personajes a todos les dejo trajes, rigurosos uniformes, con el cargo que les dejo, porque ahora si me alejo, ya me voy a separar, también les voy a encargar, que respeten al mayor, al señor Don Nicanor, que es de las confianzas mías, adios...adios Nestor Díaz, a ti te dejo la aduana, porque deveras iguana, eres digno del empleo porque según ya tanteo, ya te volviste alambique te voy a dejar a Enrique, para que sea tu escribiente, y sepan el aguardiente, que se consume en el mes, y también para que des, el sueldo a los empleados, aquí los tengo apuntados, te encargo que no los borres, adios..Aguilat y Torres, un amigo de mi aprecio muy impertinente y necio, y sobre todo borracho, voy a darle su despacho, el título de teniente, también del más imprudente, de todo el globo terrestre, adios señor Don Silvestre, ¿Porqué se había dispersado? ¡si no quiere ser soldado porqué no sacó resguardo? adios Don Jesús El Pardo, nocturno para el trabajo, desde el principio hasta el fin, lo dejo austed de clarín, empiece a hacer escoleta, y le dejo su boleta, como muy buen ciudadano, sea tarde, o sea temprano, ha de formar otros tantos, ya me voy Don José Campos, compadrito de mi agrado, a usted lo tengo nombrado, general de división, porque es de resolución, y porque puede deveras, se gana las charreteras, con todos los de su tropa, porque le mete a la copa, siquiera cada ocho días, le encargo a Pedro Matías, pertenece a la cuadrilla, también al Toro Pasilla, para su soldado razo, y a Don Higinio Suazo, para jefe de acordada, persona recomendada, que no se queda silencio, adios Don Lorenzo Ascencio, Gobernador del Estado, pués tenga mucho cuidado, con las leyes expedidas, que no acorten las medidas, donde venden el mezcal, porque así les va remal, a todos los oficiales, y también a los rurales, del Recodo y del Guanumo, porque son los del consumo, de bebidas embriagantes, también son representantes, de Baco que nuestro dios, me estaban faltando dos; ahora si ya mero acabo, adios Don Dámaso Bravo, me iba quedando mejor, lo dejo a usted de tambor, para que toque la caja, porque está diestro y encaja, al mezcal y al refino, se pasa bién tranquilino, cumpliendo con sus deberes, y voy a dejar de alferés a Don Gregorio García, porque ese día con día, quisiera volverse pato, para no sercarse un rato, solo pasarse en el agua, adios maestro de la fragua, que es Don Severo,el herrero, adios Nicolás Romero, el guerrillero valiente, pues tenga lista su gente, para que hagan ejercicio, y presten bien su servicio, como buenos mexicanos, para vencer los tiranos, que no les gusta tomar; también les voy a encargar que no dejen de beber, porque no hay otro palcer como las fiestas de Baco, por eso digo con taco, y de todo corazón, ¡Viva la prostitución que es la que nos da la vida y ahora si por despedida a todos les digo adios...

 

 

http://www.zirandaro.com/images/huber_macedo.jpg

 HUBER MACEDO        hubie55@hotmail.com                                                 

                                                                         

EL CERRO DEL CAMPO

 

(Parodia)

 

¡OH! Coloso inmenso, altanero y majestuoso,

pintado de ese azul que guarda la calma,

lleno de ecos misteriosos que bajan por tus arroyos,

de laderas astilladas y de una sola entrada,

donde el viento corre en todas direcciones,

repasando los puntos de tus centinelas,

surcos de fuego esparcidos,

se notan aún en tus contornos.

 

Silente desde aquél entonces,

vives con la majestad de un monumento,

y te alzas gigante en medio del valle,

que te vio crecer y llenar de gloria,

cubierto con los crespones del cielo,

envuelto y coronado por las nubes pasajeras,

luces abierto a la nobleza,

dejando oir tus murmullos a lo largo de la sierra.

 

¡Dureme tranquilo al arrullo de los siglos

que te saludan a su paso!

 

Allí donde estás al lado del camino,

se extiende la pintoresca laguna,

con sus bandadas de pájaros diversos,

las gallinas que se sumergen continuamente,

los patos que se deslizan fugitivos,

entre las brumas,

sus garzas coqueteando el limpio espejo,

de las ondas que hace el viento,

sus ninfas confundiéndose

con la espuma de los remansos.

A las márgenes del lago,

se reflejan pequeñas casas

que se reproducen en las ondas,

y se dibujan en el horizonte,

en las islas hay un bosque de ahujotes,

que asaltan en sus chalupas

a los pobladores de la Calera.

 

¡Mis primeros cantos fueron para ti,!

¡Mis primeras inspiraciones de poeta,

se desprendieron de mi alma a tu contemplación,

y mis sueños de niño se deslizaban

a la vista de tus cumbres gigantescas!

¡Hoy no puedo darte mis canciones,

mi lira ha enmudecido

y mi inspiración se ha apagado,

pero yo te consagraré en el fondo

de las memorias mis relatos de peregrino.

 

 


EL PUEBLO

 

Hoy bajó a mi memoria el lindo pueblo en el que nací, de mañanas transparentes con cánticos de pájaros diversos, llenas de verdor por su vegetación exuberante, rodeado por sus dos ríos ancestrales, con un cielo azul claro, el recordarlo me remonta hasta la infancia misma en que recorría los portales de su calle principal dándole de vueltas a una llanta de hule o pateando una chapeta, recuerdo a Justina aquella viejecita que vendía pabellones ahora tan dulces como la memoria, la plaza llena de gente en días de fiesta y de chantes en semana santa, pero sobre todo recuerdo las saibas frondosas, llenas de tordos y chicuaros (que no chiscuaros como les dicen pasando Coyuca de Catalán rumbo al Estado de México), la música tocando en el quiosco los domingos, mientras las muchachas daban vuelta al jardín en busca de algún pretenso, pero aquí me tienen ahora, recargado en el escritorio de mi oficina mirando el cerro del Ajusco en la Ciudad de México, porque por esa dirección queda mi tierra, con decirles que los dinámos se comen mis suspiros haciendo que el pecho se me unja. No he dejado de desearte un solo instante tierra santa, te encuentro en los oscuros silencios de las calles vacías, a toda hora y en todas partes te comparo, aunque ahora seas un pueblo vencido por la civilización, la cual trajo a ti todos los vicios del mundo. El fondo del río arrastra la yurémita, la cual finalmente sale a relucir y se postra en el lugar menos inimaginable y termina por mancharnos el alma y sólo venciendo nuestros propios temores podremos purificarnos para salvarnos del arrepentimiento que provoca la nostalgia, vivimos con el corazón convertido en cenizas, el tiempo no aplacó los propósitos, ni logró ocultar la vergüenza de la inutilidad, por eso nos dio otro lugar en el mundo. Los recuerdos se materializan por la fuerza de la evocación implacable, tengo la impresión de que me muevo a través de una atmósfera de fuego en un aire estancado, donde aún se percibe un recóndito olor a carencias y necesidades que sale a relucir obligadas por el rigor del luto que guarda la nostalgia de la patria chica, misma que ventila el alma y exalta el espíritu. Encuentro la paz en ese lugar de aquella casa, de aquél pueblo, donde los cuartos oscuros corren a esconderse de mi pensamiento, como un espectro del pasado, como un grito que atraviesa la sierra y revive mi infancia perdida y mi tiempo, haciendo que los ojos se me llenen de agua, como aquella madrugada en que salí por primera vez a querer conquistar el mundo. Como todos los pueblos Zirándaro tiene su historia, pero la de esta gran región con el tiempo se ha ido convirtiendo en leyenda. En su expansión asemeja al pueblo judío, así como en su disgregación, no obstante de estar unido por ese hilo invisible que nos mantiene atados a un solo pensamiento universal, uno a uno fueron volando los granos de arena de aquél inmenso mar de ilusiones que se forjó un día, en un tiempo de ese lugar de tantos amores. Siempre ha sido jóven el amor en Zirándaro, por ello su gente se comporta tan jovial y alegre, ya quedan pocas personas que a fuerza de ser puntuales sostienen nuestras herencias, las generaciones que están por venir son ya muy reducidas; sin embargo, somos tantos los desperdigados que incluso juntos formaríamos una nación, potencialmente hablando. Zirándaro naciste a la luz de la civilización de 1550, en que aquél ángel de las cienegas te descubrió. Fray Juan Bautista de Moya, tal vez porque ya no pudo ir más lejos, o porque en ti encontró el paraíso que andaba buscando, donde se encontró con gente noble, trabajadora e inocente, porque esos han sido siempre los principios que nos preceden, sin dejar a tras los de valientes, tezonudos y audaces; además, de ser labriegos de los buenos hábitos y de la cultura en sus extensiones. Hoy en día aún se puede apreciar el silencio que expele la naturaleza, cuando se aprecia de ser ella misma, aunque el tiempo ha avanzado desde entonces, quedado malpuestas tantas actitudes que terminaron siendo un vicio, fue un constante duelo de egos el que nos dejó sin futuro, algunos de esos sobrevivientes podrán contar mejor el proceso devastador que nos arrebató el porvenir y a fuerza de un gran anhelo tuvimos que emigrar de tu seno, algunos por el desengaño, muchos por hambre, otros por no participar en el juego de la muerte, pero al buscar la luz te abandonamos a la oscuridad. Sólo la evocación sabe lo que encierra tu historia, llena de correrías y de suposiciones, conjeturas derivadas de los chismes, verdades que nunca fueron aclaradas, eso hace más melancólico tu recuerdo. Sin embargo, aún te veo pueblo lleno de calor, oreado de sol, plagado de mosquitos, con aquél aire vespertino por las tardes, todo lleno de polvo por el mes de mayo, lleno de charcos por julio, rodeado por dos ríos, apartado del mundo, resguardado por la sierra madre del sur, llano y selva seca, refugio de las garzas y las güilotas, apareces escondido hasta el rincón del mismo valle, donde te confundes en la misma línea de Guerrero y Michoacán, pero tu corazón tarasco no distingue fronteras sino que se pierde en la duda de tu imagen plena que es de origen purépecha. Como olvidar los caballos cruzando tus calles empolvadas y los gritos barranqueños de los leñadores o de los hortelanos en tus bajiales, sembrando jícamas o rábanos, a las muchachas dirigiéndose a ofrecer flores al patrón San Nicolás. Tu gente requemada con calzón de manta de huaraches de correas y su paliacate al cuello, lo mismo cantando aleluyas, corridos o cantares épicos y bohemios. La plaza con su jardín siempre regado, lleno de flores varias, lirios, mariposas, mirtos jazmines, custodiadas de aquella vieja palma real, en que José Varela se inspiró para componer la canción de “Chula” “Tras de una palma real se va ocultando el sol, la noche viene ya a recordarme tu visión...”. Vieja plaza de armas sembrada de Zirandas en la que los chantes llegaban a ofrecer sus mercancías, ollas y jarras de barro. Lugar en el cual las vinateras vendían sus chorreados al pie del aparato de petróleo en días de fiesta. Tu calle principal la única que en mi tiempo fue empedrada, llena de portales, todos vestidos de blanco, cual guache en desfile de septiembre, bien formados, donde se jugaban la carreras de cintas o pasaban las procesiones, así como los peregrinos a dejar su milpa al santo patrón, con la filarmónica toca y toca, su aire impregnado de humo de velas chillantes o de cuetes tirados. Sitio donde jugaba al beli, al bote pateado y en el cual mi abuela y mis padres salían por las tardes a sentarse en aquellas viejas sillas de palma o de mecate, a repasar anécdotas familiares, a recordar a los ausentes o simplemente a ver pasar la gente esperando la noche. Como olvidar, cuando alguien pasaba y le daba las buenas tardes a mi abuela “buenas tardes Jefa” o a mi papá le gritaba algún conocido “qiubo cuñado, vamos pa´rriba o vamos pa´bajo” según se dirigiera éste y mi padre le contestaba “vamos”. Me encantaba escuchar aquellas pláticas, mientras mi mamá me hacía piojito alisándome los cabellos, yo me dormía en sus piernas y ya no volvía a despertar hasta el otro día. Me recuerdo que en ese entonces no había luz eléctrica en todo el pueblo y la gente se dormía temprano y asimismo se levantaba siempre al canto del gallo. Zirándaro has estado en muchas bocas y casi todos tus hijos han ondeado tu bandera con orgullo donde quiera que se planten.

 

 

 

LA CORRIDA

 

 

 Me regresé de México para mi tierra en autobús, de esos modernos con baño, aire acondicionado, con tele, video a color, con un solo asiento para que estires las patas a tus anchas, te dan un sandwich y un refresquito para que cenes, nada que ver con el camioncito flecha roja en el que viajábamos antes, lleno de gente en los pasillos, apestoso a patas y sobacos, en el que las señoras de ida cargaban hasta con los tundos y de regreso con toda la varilla y juguetes que traían para vender en cada temporada de vacaciones en que uno viajaba, ese camión moderno no le daba vuelo a su motor por tanta curva que hay bajando de Iguala hasta Arcelia, además porque ni siquiera se oye que haga ruido; asimismo, esa flecha nueva se metió como a ocho pueblillos antes de llegar en la madrugada grande a Ciudad Altamirano, donde tuve que esperar la corrida para Zirándaro hasta la una de la tarde, ya me dolían los cuadriles de tanto estar sentado en una piedra que hay afuera de la terminal, todo por desconfiado como buen calentano que soy, ya que no quería pagar por dejar el belís y un bulto que llevaba en paquetería, pues temía que me los fueran a robar y no estaba ni un centímetro de hondo en desconfiar de la gente de paquetería de la terminal, dado que cuando regresabas ya habían esculcado las maletas eso era casi seguro, a parte estaba atarcado por haberme echado una pieza de pan de baqueta de esas que hacen en Talapehuala y como 6 vasos de agua de sandía, y para acabarla de amolar, me tocó una camionetita de esas estaquitas con asientos de madera, en la que me acomodé hasta adelante, donde me iba dando el aire en toda la cresta y el bule, al grado que hizo que titiritieara de frío (eso que era el mes de mayo) y se me alborotara el dolor de muelas, ya que como han de saber tengo los dientes cuirires de comer tanto tecuche; ¡ah! Les decía que la mentada camionetilla me llevó retachando las ignacias hasta la encumbrada que está después de pasar la parota que se encuentra antes de llegar a Cútaro, sin contar el mosquererío que me picaba cada vez que el chofer se paraba para bajar o recoger pasaje, amigo como se me antojaba bajarme por una pedazo de pajóz seco, prenderlo para que el humo espantara los moscos. Ya bajando a la cuadrilla de la Calera iba más talqueado que un olote sin sacudir, por el polvo de la terracería, es lo malo pues de no tener carro, porque tener carro donde ves es una ventaja, ya que te paras donde quieras a comer o hacer de las aguas y no te empolvas tanto, pero dicen que “París bien vale una misa”, y la verdad vale la pena ir uno a su pueblo y respirar el aire de la sierra, echarse un buen aporreado sancón, un caldo de iguana, de mojarra o de res, un buen mezcal curado con pilinques sarpeados de limón y unos granitos de sal y luego unas carnitas y hasta si se ofrece un frito de cuche con memelas calientitas que hasta se le hace a uno agua la boca gallo, como dicen en mi tierra “que diferiencia”, no como la comida chatarra y transgénica de ahora, bueno queridos amigos yo aquí me despido cantando este corrido rumbo a la capital.

 

 

 

EL TRATO

 

Era una mañana parda y nebluzca, chipichipiaba, el carro del servicio público avanzaba temerosamente por lo mojado de la terracería de aquella brecha infausta dicho de alguna forma en lenguaje fino, aunque creo y me recuerdo que más bien rechinaba de vieja aquella camionetilla que todo le sonaba menos la radio, yo iba al pueblo de Zirándaro que es el emporio comercial más cercano a mi cuadrilla, quiero que sepan que iba en viaje especial a llevar a mi hermana a sacarse una muela, ella y una vecina iban en la caseta con el chofer, mientras a mi me tocó ir atrás, el viento traía consigo un montón de chochos de esos que hay en tiempos de agua, los cuales se me metían en los oídos, nariz y boca, por lo que me tuve que quitar el sombrero de ala que portaba cuando salía a un lugar como esos, donde te ve harta gente, claro sin olvidar que iba bien pachuco con mi camisa y pantalón blanco, así como con mis huaraches nuevos de araña de esos que vende en Huetamo, y oloroso mi cabello a jabón de olor y mis cachetes a colonia de Flor de Azahar de esa de Samborns. Recuerdo que me divertía viendo como un huirindo en el piso de la mencionada camioneta se revoloteaba y se adhería a la madera de dicho piso, no permitiendo que el aire lo votara, era un rehilete como se retorcía, cuando de pronto en el cruce de la carretera que viene de Ciriquicho y la desviación que va para Alita, se subieron dos señores uno regordete con un morral lleno de papeles y el otro muy cambiadito vestido con una cazadora color verde olivo y unos guaraches colorados, este último una vez que se sentó en una de las bancas de aquél vehículo, empezó a asesorar al otro, manifestándole que no se fuera a dejar del licenciado que no lo dejara hablar para que viera que él también sabía de leyes, pero que de todas formas le contara como había estado el asunto de la compra de su terreno sin exponer más detalles. Al cabo de dos kilómetros recorridos la camioneta se volvió a parar en el vado del arroyo de Chahuícaro, donde subió una señora con dos guachitas y en un acto de caballerosidad el fulano que vestía la cazadora se paró y le dio el asiento, una vez que ésta se sentó dicho señor le preguntó, ¿oiga usted es la esposa de Aldegundo, el señor que vive en el terreno de arriba de la loma de Capirangapio? -a lo cual ella respondió que si. -oiga y no sabe si ya fue a verlo Protacio pal asunto de la muchacha. –No sabría decirle pero ella está todavía en la casa y se quiere regresar para Acuyán, pues resulta que como el marido la dejó, ya no quiere vivir allá, pero como tienes unos cuchitos y dos vacas, los cuales dejó encargados con una vecina y pues quiere ir a recogerlos. –No pus está bien que se los traiga, fíjese que si la guacha se arregla con Protacio le va ir bien. –No pus si, pero el chiste es que la vea primero a ver si le gusta o si a ella le gusta él, el caso es probar si se gustan pues. –Protacio es buen hombre allí donde lo ve, el es mi pión y trabaja bien y bonito con decirle que nomás le presto la moto sierra y se echa hasta 300 morillos, saca como $3000.00 pesos a veces a la semana aunque el canijo va y se los bebe allá en Zirándaro y todo porque no tiene mujer, pero hora que se arreglen con la muchacha le aseguro que el amigo va a cambiar rotundamente, tiene su casita con tejas nuevas las acaba de cambiar, tiene su estufita y una cama matrimonial, así como un tinajero y una hamaca, es más la muchacha puede traerse los animalitos y que les haga un chiquero sino los quiere vender, pero las vacas si que las venda sirve que se compra ropa la chamaca y que ponga nomás el criadero de cuches, es más ya le dije a Prota que le voy adelantar a cuenta de raya $1,500.00 pesos, para que venga a Zirándaro a comprarle a la guacha una despensita que se lleve un cono de huevos, un pan Bimbo y unas 8 latas de atun pa´que coman, unos litros de leche de esa de caja que duran hartos días, y le dije al cabroncito que ya deje de beber si quiere que le dure la guacha y me dijo que si. –No sé si alcance a verla el amigo porque como le dije antes ella se va pa´su tierra mañana y quiere regresar pa la semana que entra, así que si no la ve hora que venga pa´lotra semana y quien quita se arregles pues. –Oiga y la muchacha está flaca por que ha de saber que a mi no me gustan las viejas gordas, ¿cómo está la amiga? Siquiera de su vuelo de usted o de plano está vieja y gorda. –No hombre ella es blanquita, está despercudida, tiene los ojos verdes y está igual de flaca que yo, es buena pa poner el nixtamal y pa´ echar torillas, no tiene guaches y es bien limpia yo creo que si se arreglan. -Bueno, pero en caso de que no lo hagan si quiere yo tengo otro amigo Rufino el tiene una camionetita igual a la mía, él se dedica a la compra de ganado le va bien, tiene su buena casa, tiene caballo unas tierritas con ganadito, junto a las mías, yo tenía como 150 cabezas pero con eso de la vacunas y las enfermedades vendí 80 y me quede con poquitas pues unas se me murieron por el calor, por eso le digo que mejor la muchacha venda sus dos vaquitas no sea que se le mueran igual que a mi. – Pues hay le cuenta a la chamaca que en caso, de que no se arregle con Protacio, hay ta Rufino y sino pues le buscamos otro acomodo a la mejor hasta yo me animo, quien quita y quiera conmigo.

 

LA GENTE DE ANTES 

La gente de antes nacía de 9 meses, era muy raro ver un sietemesino, no se les decía bebé, ni nene, se les decía papa o guache, no se les ponían pañales, sino mantillas, se les acostaba en cunas de cueramo y mecates colgadas de algún morillo, no se les ponía música clásica para que durmieran, sino que se les cantaba “la señora Santana o a la rruche-rruche duérmase mi niño patitas de cuche”, no se les daba papillas, sino frijoles aguados con tortilla remojada, no se les daba mamila, ni chupón se la llevaban con pura mamadera de dedo o si acaso un pedazo de trapo, no se les ponía loción o perfume, sino que los bañaban con hojas de ahujote machacadas o con jabón de olor (colgate clásico), no se les cortaba el pelo hasta después de un año, para que no les diera murzuzuela, (es decir que se les enfriara la mollera), los guaches entonces caminaban antes del año porque tenían las piernas bien fuertes de tanta tortilla de maíz (natural) que comían y hablaban bien pronto porque la mayoría comía tierra (pedazos de adobe de las paredes de las casas y a veces un sope de maza aguada, cara de loro), los guaches de antes eran unas chivas como comían yerbas, chipil, sánchicua, hojas de ciruelo y de tamarindo con limón y sal, cañutos de surundanico, y de guajes, atuzes, vaínas de mezquite, pápalo quelite, quelite, verdolagas, flor de calabaza, y no se diga de la fruta silvestres, capires, nanches amarillas, coloradas, de perico y de perro (atatos), huicumos, bonetes, tumbiriches, corongoros, pinzanes, almendras, chirimos, chucumpuces, atole de sopas de tortilla, chile con sopas (encuentro o matrimonio de amor), combas con capón, caldos de iguana, de res, mojarra o camarón real, frijoles puercos, memelas, gorditas de manteca, toqueres, uchepos, pochómata, chúmata y manácata, carnitas chicharrones, quesos, requesón azadera, aporreado de venado, leche bronca y leche dura, chorrillo, pipitorias, panochas, piloncillo, pabellones, diablitos de menta, fruta de horno, arepas, cuches, hojarascas, besos, trompadas, alamares, chilindrinas, mangos, cocos, guayabas, papayas, melones, sandías, cañas dulces, por eso la gente de antes no se enfermaba casi de gripa. La gente de antes no usaba zapatos usaba huaraches o andaba descalza, no conocía los carros, a cual más andaba en burro que era en ese entonces el lujo más barato, antes mirabas al cielo y no veías aviones sino zopilotes dando vueltas en pos de un animal muerto, los guaches no tenían bicicleta, se transportaba en un palo de escoba que era su caballo, el cual constaba de un pedazo de mecate amarrado en la punta que eran las riendas del mismo; antes se usaba ropa de manta y borrego colgado al pie del tupo, La gente de antes tomaba agua de los pozos del río; casi toda la gente se llamaba José y María y no como ahora, Jessica, Monserrat o Jhonatan, se bañaba todos los domingos y se ponía sus mejores garritas para ese día, la gente en lugar de coñac tomaba mezcal, calientes o chorreados. La gente de antes usaba paño, peine espejo para presumir que era elegante. Antes la gente dormía en petates, camas de mecates o de otate y algunos en hamacas y de colchón ponían un cuero de venado o de vaca y se salían a los patios de las casa para aguantar el calor pues no había luz eléctrica y menos se conocían los ventiladores, cuando hacía frío se cobijaba uno con gabanes o con las cueras de los vaqueros, se usaba el morral colgado al hombro, la gente en todos lados saludaba por donde pasaba dando los buenos días, las buenas tardes o la buenas noches hoy tal parece que la gente es muda pasa sin hablar. Antes la gente ingería alimentos del día ya fueran carnes, verduras, legumbres o frutas, hoy sólo consumen pastillas, cápsulas, píldoras que según dicen contienen todas las vitaminas que necesita el cuerpo humano. Antes la gente se dormía temprano y se levantaba al canto del gallo o del reloj de la iglesia hoy se acuestan hasta que termina el noticiero y se levantan con música del despertador. La gente de antes no tenía reloj, se basaba en la sombra que iba dejando el sol. La gente de entonces acostumbraba a darle a los hijos o ahijados una moneda a la cual le llamaban domingo, era una ley no escrita que se respetaba comúnmente, hoy se ponen sus pants par ir a correr y a los hijos se les da carro para pasear. Las mujeres de ante no usaban pantaletas sino calzones de pretina de esos floreados a los cuales les tenían que dar dos vueltas a fin de traerlos bien amarrados para que no se les cayeran, no se les decía brassier sino chicheros, que esperanza que las mujeres de ese tiempo se imaginaran que iba a existir siquiera los tops o las minifaldas con tamañas nahuas que usaban, además no se pintaban tanto como ahora, las mujeres de antes sólo usaban concha nácar, pomada de la campana para limpiarse el rostro y andar bien relucientes, solo aquellas que tenía con queso las gordas usaban colonia de flor de azhar de Samborns y en lugar de desodorante se usaba limón en los sobacos o las arcas, las cuales hoy se les llama axilas. Antes se le llamaba fijapelo hoy se le dice gel. En ese tiempo las películas se proyectaban en pantallas hechas de manta de las talegas de arina, hoy hay DVD v las pantallas son de plasma. Antes se bañaba uno con jícaras o sacuales hoy lo hace uno en regaderas con agua tibia o caliente, antes el chile se molía en molcajete hoy en licuadora, se usaba la plancha de brazas hoy la vaporella, se cocinaba en fogón hoy en estufa y se utilizaban ollas de barro hoy de teflón, entonces se ponía nixtamal para la maza de las tortillas hoy ya las venden hechas, pues el metate se cambió por la tortilladora, antes se tomaban las aguas frescas de frutas, hoy se toma el Gatorade, antes existían las natas de la leche hoy existe la crema. Antes los guaches jugaban los encantados, el bote pateado, los pozos, el beli, la pelenche, las escondidas, la guina, la roña, el burrión, burrión, las cebollas, el trompo, el balero, el columpio hoy, el X-Box, Sony Play Statión, el Nintendo 64 y demás juegos de video. Antes uno se comunicaba por carta hoy por E-mail. Antes la gente se bañaba desnuda sin pudor alguno hoy se ponen traje de baño. Entonces la gente se colgaba un escapulario o collares de semillas de pinzanes para que no la espantaran los brujos, hoy ya no creen en ellos. A la gente de antes no le gustaba pedir prestado cuando no contaban con dinero, ahora existen las tarjetas de crédito y todo mundo vive endeudado, antes se sentía respeto por la moral, hoy no se siente, ni se ve el respeto y menos la moral. La gente de antes hacía de las aguas hoy orinan, también hacían de sus necesidades hoy obran, se limpiaban después de hacerlo con jilotes, tepalcates o piedras hoy lo hacen con papel sanitario. Antes se iba al avío o al mandado hoy se va al súper a la despensa. En ese entonces para enfriar los refrescos se enterraban en arena y se les echaba agua hoy se metes al freezer, además la comida se guardaba en zarzos hoy en alacenas, para calentar los alimentos se ponían en el fogón hoy se calientan en hornos de microondas, para el dolor de cabeza antes se ponían unos chiquiadores de charamasca con vickvaporub a un lado de las sienes o se tomaban un mejoral, hoy usan ácido acetíl salicílico, para el dolor de panza, deposiciones, diarrea, chorro, seguidillas se le ponían unas lavativas de hojas de cuhaulote con muicle hoy se usa pectobismol, antes se empleaba el arado hoy el tractor, antes se usaba la carreta hoy la troca. Antes se comían las empanadas hoy la pizza, antes se usaban lo chuchos con sal hoy la hamburguesa, el chile en molcajete hoy la salsa chimichurri y la Tabasco, antes e comía con la mano hoy con cubiertos, antes se bailaba al son de la bocina con motor de gasolina hoy al ritmo de los MP3, antes se respiraba un aire limpio y de tranquilidad hoy se respira smog y mucha violencia. Antes había conejos hoy hay coyotes, entonces había gente inteligente hoy hay personas astutas. Antes vivíamos confiados hoy vivimos desconfiando de todo.

LOS EVANGELISTAS

 

 El domingo era el día más importante y más esperado de la semana, ya que toda la gente se ponía muy verdad de dios, se bañaba y se ponía sus trapitos más elegantes para ir a misa, no sin antes ir a la plaza, donde arriba del quiosco tocaba la banda canciones del siglo antepasado, me recuerdo que las muchachas daban la vuelta al jardín en espera de que algún pretendiente se les acercara, para ello llevaban un flor, la cual dejaban caer si el galán en turno les agradaba, sino pues terminaban por marearse de tanta vuelta que daban.

 La gente estaba pendiente de la última campanada par dirigirse a la iglesia, las muchachas elegantemente vestidas siempre estrenaban ropa ese día y si en la noche había baile también estrenaban, es el misterio más grande que existe en Zirándaro, ya que en toda tierra caliente no se explican ¿cómo le hacen las guachas de allí, para estrenar cada vez que hay baile? se rumora y dicen “en Zirándaro las guachas no tendrán para comer, pero que tal para vestir”, pienso que por eso somos tan presumidos y por ende orgullosos aunque algunos somos como el Borrego de Tío Lucas “huevones y corajudos”.

Posteriormente, una vez ya ubicados en misa, el silencio se dejaba escuchar y el olor a copal se dejaba escapar por todos los rincones de la iglesia, al son del coro de las tres Marías, María Mendoza, María García y María Gaona, coro celestial que al recordarlo me hace llorar, tanto como entonces, con esos cantos gregorianos como ese que decía “Adiós reina del cielo, madre del salvador, adiós ¡oh madre mía! Adiós, adiós, adiós” que me provocaban un nostalgia tal que me llegaba un vacío en el estómago y luego empezaba a chillar; el respeto inundaba el recinto, pero el mismo lo imponían los Santos evangelistas Juan, Lucas, Mateo y Pablo, pintados (según se dice por Trinito, aquél sacristán que llegó al pueblo con el padre Pedrito) a todo color en el interior de la cúpula que tenía la iglesia de San Nicolás de Tolentino, nuestro santo patrón, quienes aparecían entre las nubes del cielo con un libro en la mano, es decir, con los santos evangelios, con sus túnicas originales con frases escritas en latín, sus miradas se imponían ante cualquier feligrés de la comuna, eran los jueces implacables a los cuales no les podías mentir, no había dudas ante ellos, todo mundo les rendía reverencias con su sola mirada juzgaban tus faltas, fueron los guardianes del orden espiritual que reinó en aquél entonces.

 Por mi parte, recuerdo todavía cuando en época de vacaciones me subía a las torres de la iglesia, para ver el atardecer, me llevaba un refresco congelado y dejaba a propósito los cigarros para no faltarles el respeto a los santos evangelistas, ni mucho menos podía acercarme a contemplar la cúpula por dentro, era una irreverencia, un atrevimiento insolente que podía ponerlos “érritos”, es decir despertar su ira y por ende podían mandarnos un castigo irreparable; sin embargo, como olvidar aquellos atardeceres arriba de las torres, recuerdo aún como el ruido se perdía justamente con la luz, en la penumbra de la pila del bautismo o corría a meterse al pasadizo en el que dormían los murciélagos, el cual conducía a la construcción del tapanco en el que se ubicaba anteriormente el coro, ya que nuestra iglesia es semejante a la de Purechucho, Michoacán, misma que conserva aún esa estructura, salvo que le falta una torre para ser idéntica a la Zirándaro, situación que mucha gente desconoce; además de que mi abuelo Edmundo Macedo Ugarte, quien era escultor, labró un San Nicolás de Tolentino en madera que regaló a esa localidad Michoacana, el cual se ignora donde quedó; pues como les decía cuando me hallaba en la azotea de la iglesia veía como se movían las enormes olas verdes de las frondas del llano, contempladas así por arriba de las copas de los árboles tupidos que por los meses de julio y agosto cobraban una realidad imponente, más lejos se extendía el panorama de la campiña, de las calles, de las casas de zirándaro, las cuales parecía que se lanzaban hacia el Cerro del Campo, coronado de laderas y de nubes por ese tiempo, las parvadas de patos y garzas capoteando el viento y cambiando de dirección a su antojo, contrastaban con las de tindillos y tordos; la luz de la tarde elevaba el cinturón de montes azulados cubiertos por el velo de la calma, donde la brisa de los dos ríos ondulaba, hundía allí la mirada durante breves segundos pues la naturaleza misma me jalaba, brindándome una paz espiritual inexplicable. Así las cosas, nadie sabe a ciencia cierta como desaparecieron los santos evangélicos del mural que los guardaba, quizás fue la humedad de la cúpula o el capricho de algún sacerdote adscrito, el caso es que hoy en día, nadie más que yo los recuerda aun cuando hayan muerto.

 
LOS ARRULLOS

 

 A tiempos tan lejanos del presente, cuando se iba con canasta al mandado, en fogones se asaba la carne de venado, había camarón también pescado, tiempos ha en que el licenciado González era el hacendado y nosotros proyectos ovulados, quien podrá rememorar aquellos tiempos que hoy se van de lado, en que había nanas pa´cuidar los guaches, a los que daban tetera y vil pecho para ser amamantados, aunque a algunos se les daba pochómata o atole de tortilla por eso siempre se pasaban empachados, pero estaban gordos y bien creados, les ponía chiquiadores de charamasca con vaporub para los resfriados, para que no les diera murzuzuela (enfriamiento de la mollera) le ponían un paliacate colorado, en lugar de pañales les ponían mantillas limpias cuando estaban bien rosados, reminiscencias del pasado. Como olvidar aquellas cunas de parota o de cueramo, colgadas de un horcón con mecates, con sus pequeños barandales macizos, instaladas al pie de las king sizes de otate que había en cualquier casa grande, las cuales servían de herencia a la sarracuatera de hermanos que precedían al junior (primogénito de cada familia jodida) y que incluso después de ese uso, se regalaban a algún vecino que la requería. Quien habrá tenido nana de esas que usaban las nahuas floreadas y esponjadas y se cotoneaban al cargar el guache que cuidaban, pero entonces no les decían nanas, se les conocía como criadas (de crío), ahora se les dice ama de llaves o la muchacha (aunque estuviera vieja se le dice muchacha) fueron esas grandes madres criadoras las que nos arrullaron con sus cánticos maternales los cuales al paso del tiempo se han ido perdiendo, por lo que quede aquí esas canciones de cuna e infantiles como un recuerdo de un pasado no lejano, quien podría olvidar a “...señora Santana por qué llora el niño, por una manzana que se le ha perdido....”, “duérmete niño, duérmete ya que hay viene el cuco y te comerá”, “ ala rrurro rurro a la rurro rra, duérmase mi niño, duérmase me ya, a la ruche ruche patitas de cuche a la rurro rurro patitas de burro”, “chiquichiriqui” el sinsinduqui rrinduquirindá”, “las guilotitas pararon en un Cirián vuela, vuela se las llevó el gavilán”, “tantos y tantos los ratoncitos, tantos y tantos y tan bonitos”, “pin pon papa, necesito pa la papa, pin pon pon, necesito pal jabón”, tortillitas de manteca pa mamá que está contenta, tortillitas de salvado pa papá que está enojado”, “pin pon es un muñeco muy grande de cartón se lava sus manitas con agua y con jabón”, estaba la pájara pinta sentada en su verde limón con el pico, picaba la hoja y con la cola meniaba la flor, ay, aya ay cuando te volveré a ver...”, a la rueda a la rueda de San Miguel, San Miguel, todos cargan su caja de miel, a la maduro a lo seguro que se voltee el guache de burro, una mexicana que fruta vendía, ciruela chabacano melón y sandía, “burrión burrión, señor, señor...” y por último las posaditas “la jornada ha sido larga la noche se acerca ya, anda ya arriba del paso la población cerca está, seguimos cara adelante, alguna pobre posada, cuyo hospitalario techo, os libre de la nevada...” y otras tantas más que ya se perdieron en la memoria, canciones inolvidables con las cuales nos nació el cariño, hay otras con las que nos brotó el amor, como las de José Varela:

 
CANCIONES DE JOSÉ VARELA  

 

 CHULA

 

 Tras de una palma real

se va ocultando el sol

  la noche viene ya   

 a recordarme tu visión.

  Y entre la oscuridad  

veo tus ojos yo  

  mientras brota del pecho

esta canción de amor.  

  Chula por tu carita triste

acuérdate que fuiste

  la luz de mi querer.  

  Chula tan linda como eres  

  si tu ya no me quieres  

  yo que voy a hacer.  

Nunca se aparte el pensamiento  

  podrá pasar el tiempo  

  pero no mi amor.

  Y aunque me has dejado  

 el alma hecha pedazos  

  por chula me robaste el corazón.

 

 MARIPOSA DE ALAS DE ORO

  Mariposa de alas de Oro  

  que vagas por el rosal  

dile a la virgen que adoro

que no la puedo olvidar.  

 También dile Mariposa  

 que vagas por el rosal

  anda y dile a la que adoro

que las flores que ella amaba

  las deshojó el vendabal.  

  Desde que ella ha estado ausente  

  ha estado triste mi hogar

 Las palomas ya no cantan  

  como solían cantar.

Que en mi pecho ya no anidan  

  las parleras golondrinas  

  que en el huerto ya no hay flores  

sólo maleza y espinas  

que ahí nacen más y más.  

  Una lágrima  

  silencia está la noche  

  en el confín  

  mirando las estrellas   

 mandan su tenue luz.  

  Pregúntales a ellas  

  bien mío  

  si te amo yo  

  si te consagro  

mi vida y mi fe.  

Verás como he sufrido  

 Y he llorado por ti  

  Quizá una lágrima de amor  

  Viertas por mi...

   ADIVINANZAS

 

1.-Cuatro hermanaos creo Dios,  

  en nada los hizo iguales,  

  son enemigos mortales

  dos de los otros dos,  

  uno sostiene el mundo,   

 otro bautizó a Cristo,  

  otros está en el infierno  

  y el otro no lo hemos visto. 

  2.- Cuatro hermanos Dios me dio,  

  aunque yo soy el postrero,  

  ninguno nació primero,  

ni después que yo nació,

 crecimos ellos y yo al parejo, 

  cual e ve más no en mi vida,

  logré tener el mismo tamaño

  y por más que a crecer me amaño  

  siempre chaparro quedé.  

  3.- Una negra larga y fea que sin carne se mantiene,  

  todo tiene carne no, porque la carne soy yo,

  de lo que su cuerpo tiene.

  4.- Quien es quien va caminando,  

  que lleva el cuerpo al revés  

  y el espinazo arrastrando

  los pasos que va dando  

  no hay quien se los encuentre   

 y cuando se cansa,  

metes los pies en el vientre.  

  5.- ¿Qué le dijo el sol a la luna? ( tan chiquita y tan parrandera)  

y ¿que le dijo la luna al sol? (Tan grandote y no te dejan salir de noche)  

 6.- En medio del cielo estoy,  

sin ser lucero ni estrella,

ni el sol, ni la luna bella,

me adivinan quien soyde todos , Hoy se dice me parece perfecto y antes se decía me vale madre.



  MI ABUE

Aquellos años felices de la infancia compartida han hecho de esta mi vida mis mejores cicatrices. Y porque son mis raices las venas que riegan mi alma, he tratado ed agrandarla creciendo a punta de todo. Es por eso que mi modo no conoce otras maneras, yo nací en la pedregueras de aquél Río de las Balsas. Por eso, no tengo traza, el viento es mi compañero; a nadie debo dinero, orientación o sustento. Yo solito me alimento comiendo puros recuerdos; se han ido los sueños negros, ya toditos están muertos en las aras del infierno. pero me queda la imagen, esa que hace que me raje, que alborota más angustias, por eso mi cara mustia refleja arrugas de viejo. Pero es la luz del reflejo que señala a ciencia cierta y deja la puerta abierta pa´los que llevo en el pecho. Ziránadro es mi techo, su gente mi parentela, fue la herencia de la abuela, Doña Jesusa Rivera, más bien ella era Pineda, ya que aparece en la lista y si se pasa revista aparece junto a todos. Yo quiero de todos modos, renombrarla si es preciso, ya que la suerte así quiso de que fuera yo su nieto. por ello me pongo quieto cuando la escucho nombrar, empiezo a rememorar que le decían la Patrona, porque era muy regañona. Pa´algunos era la Jefa, famosa pues por su trenza, de oficio fue vinatera, nunca lo supo negar. Pero ella sabía ayudar a todo el que lo pidiera, fue dura a carta cabal; esposa de un militar. Con nadie tuvo problemas porque se guiaba por lemas. ¡No te metas con ninguno si quieres llegar a viejo! decía siempre la abuela. ¡Es mejor ser cosa buena y llegar paso por paso! ¡Fíate de tus brazos que te darán de comer! ¡Para poder aprender hay que pasar la tormenta! ¡La vida es toda una ciencia que se aprende con los golpes! ¡No vayas al trote porque se acban tus fuerzas, y aunque mucho te retuerzas has de aprender ed esta forma! Por eso se me hizo norma, la dureza de mi abuela. ¡Como deseo que estuviera sentada en aquél rincón donde tenía el mostrador pensativa, adivina y cierta oyendo lo que le cuentan! Rayna absoluta de la peña o haciendo ya alguna seña para espantarse los moscos con unos gestos tan toscos. Saboreando su cigarro con hilo de blanco humo sin dejar caer la ceniza hasta el final de la braza. La recuerdo en esa casa con su largo corredor, donde fui mercedor de algunas cuantas caídas. Jugando a las escondidas me daba algún tropezón que llamaba su atención si a caso salía sangrando, pero ella siempre alegando maldecía mis travesuras. Y sé que por mis diabluras la sacaba yo de quicio nunca me formó un juicio ni sentenció mi inquietez. Por eso será tal vez que su justicia valoro, ¡si supiera que le lloro cuando su ausencia me copa! Pero es un ansia tan loca que me da si la recuerdo será que nunca la pierdo o que ella nunca me deja. Lo que sé, es que esa vieja me jala aunque esté sereno o será que soy muy bueno porque siempre me hace falta. Pero al estar ella tan alta no la alcanza mi recuerdo. Aquí quedan estos versos que prueban su gran historia, son hechos en su memoria y en honor a su valor. Heroína de mi cuento no pasas desapercibida, eres parte de mi vida, de mi sangre victoriosa. Eres la madre Diosa de la familia que somos. Y yo digo que todos te llevamos con certeza porque fuiste la cabeza y la que nos dio el origen. Por eso es que siempre vive tu gran imagen serena, el ser así es cosa buena, lo pienso; también lo vivo. ¿será tal vez que por eso soy parte de los Rivera? otros se ponen Pineda, pero que más da la cosa si la familia es una u otra somos la misma ziricua. La mata nació huiquica aunque estemos regados algunos más bien fregados y otros librando la cerca. Somos todos gente necia alegre y muy divertida, disfrutamos de la vida y como cualquier buen vecino enfrentamos el destino que nos diste ¡Oh gran abuela! Aquí llevamos la estela que dejaste en tu partida, también tenemos la herida pegada como apellido. ¡Jamás nunca yo te olvido! pues levantaste de piedra el palacio que fuera mi cama y la cofradía. Así fue la suerte mía que me enseñó la textura de enfrentar siempre las culpas o el tiempo que a veces hurtas. El que perciba el prodigio de tenerte entre nosotros pues sé bien que son muy pocos los que detienen tu instante, tendrán tu amor incesante que aún late iluminado fervor que nunca se apaga ni habrá de retroceder que aunque apresura el olvido siente tus finos latidos que el pasado nos salpica. ¿Será el miedo que me achica y alborota ya mi angustia? ¿Será ya tu llana ausencia que en lo eterno te tendré? Como reseñar y ser testigo de todo esto que te digo, si me duele tu recuerdo ante este mundo diverso. Mi siempre arrulladora, mi progenitora, mi siempre viva, mi vigente amiga, la más viejita, mi solamente abuelita.


                                                                    LETANIA DE UN ZIRANDARENSE


 Zirándaro, me persigue la sombra de tu nombre pueblo patrio, lugar donde la saibas nacen solas, tu historia se desgrana como un monte de recuerdos que las garzas tráen a su regreso, se meten por la sierra, se escapan y escurren por el Río de las Balsas, se bañan en su corriente y luego salen dos metros arriba, como vagre saltando a la memoria. No cambio tu morada por Europa, ni tu entorno por dinero, nada es comparable con tu son que me hace bailar de puro gusto, no abandono tu rincones, ni la casa donde habita el recuerdo de mis parientes todos, donde el buen amor siente la nostalgia como tarde peinada por el viento, no olvido el perfume de tu tierra, ni el tranquilo rumor de los pinzanes, ese aire suave y dulce que se monta en el remolinito de corolas que hacen las flores de los cueramos, que atónitos contemplan los pájaros felices del entonces. Ayer me fui, nos fuimos, abandonamos ese huerto que entonces era paraíso, calles de polvo y sahuanes incompletos, salimos al gruñido de las tripas, ofrendando los brazos como espada, con el rostro sin color como deudores, porque el que no es nada, los días le llegan rengos, sólo hay caminos para pasear el hambre, paredones profundos de consuelo, hay nanches de perro para el olvido, y una quinta de mezcal para el alivio, nada es comparable a la miseria, ni un día de comida buena, el que come puro no se llena, y el que no siente no se queja, ese lago de ceniza no se apaga, es la saliva que moja la garganta, deja al entendido en sus razones, al labrador en su tarecua, a los políticos en la sombra, a los arrastrados en su cuinda, y en una peña apartada los que siguen a los Dones. Es mejor admirar tu paisaje, la luz última del día, la cola punteaguda del arado, la tierra abriendo el paso de la yunta, el confín donde la luna cuelga, escucha el aire, como, sin pedírselo alienta la tarde apenas en asomo, desde el cerro del Campo en que se sienta a contemplarnos. Zirándaro de los Chávez, no descuides el árbol de la Saiba, oye los zanates entre las ramas traman el día perfecto para enterrarte, contemplan tu futuro en la ventana esperan que el viento se lo lleve, cuando soplen las brisas del fastidio buscando agujeros en tu entorno, acabarán con tu natural nobleza, se apoderarán de tu corazón que era mi único tesoro.

                                          ¿SABES COMO CRECEN LOS ARBOLES QUE DAN FRUTO?

Soy una más de muchas semillas que germinaron a pesar de haber sido sembradas por el viento, una triste semilla que no tuvo más cuidados, ni esmeros que los del temporal, nadie se acercó a podar sus ramas cuando estas empezaron acrecer, brotaron en bruto apuntando hacia el sol porque era lo único que iluminaba en ese tiempo, se mantuvieron erguidas solamente por orgullo, aunque no se si fue por necesidad o por competir con los árboles más grandes y mayores. Todos buscamos crecer, rebazar el límite permitido y empezamos a encumbrar la cuesta arriba. Nadie a ciencia cierta sabe quien fue el primero en salir de Zirándaro a buscar la vida por si mismo, la verdad es que eso no importa, lo cierto fue que al desgranarse la mazorca, abrirse el camino y hacer brecha, los demás empezamos a volar y ha andar por esa vereda llena de precipicios y voladeros. Sólo Ellos y nosotros sabemos del camino los que tuvimos que pasar por el ojo de la aguja, los que descubrimos el mundo solos, los camineros. ¿Quién sabe cuántos? se quedaron en el intento y se apegaron a la tierra nuestra, por el temor que causaba lo desconocido y el miedo de enfrentar el hambre, el desamparo y el posible sufrimiento que nos esperaba en las grandes metrópolis a don de fuimos dar, lugares tan apartados de nuestro origen, pero pudo más el ánimo de triunfar, porque fue éste el que nos impulsó hacia adelante que el desánimo de quedarnos a seguir siendo los mismos. Sé que algunos por no decir la mayoría de los que se quedaron, aún se arrepienten, porque no encuentran las respuestas que buscan, ya que no cuentan con los elementos de comparación entre lo que existe adentro y lo que hay afuera. Sin embargo, cabe aclarar que los que salimos disfrutamos en el exhilio y a cada monento lo nuestro, las costumbres, los recuerdos, el pueblo y nuestras vivencias dentro de él, su gente, en cambio los sobrevivientes, héroes consentidos, se han empalagado de lo nuestro que lo han ido perdiendo todo, poco a poco y día con día, al grado tal que incluso hoy, ya no logro reconocerlos y eso me duele, porque con ello también voy perdiendo parte de la esencia que me compone, esa que ha hecho que vuelva año con año desde que salí de esa entrañable tierramia. Salí en la madrugada grande, me recuerdo que hacía mucho frío y en aquellas redillas de la camioneta Willi´s de los Pineda, dejé mi infancia marcada como seña perpetua de mi aún descontento, si pudiera expresar con palabras lo que sentía y todavía siento al recordar ese instante estacionado en el ensimismamiento que me provoca ubicar en el tiempo, esa circuncisión prematura que tanto me desgarra el alma, porque no decir que me hace llorar, porque me lastima lo más sangrado. ¡Dejé de ser niño a las 6 años! las circunstancias adelantaron la víspera y desfloraron mi infancia, clara transparente y viváz...No conocía otra región más grande y lejana que "La Calera", ignoraba en ese entonces que existiera el planeta tierra y sus continentes, desconocía el mar y sus confines, ya que nunca había ido más allá de la Hacienda del Licenciado González. Y al verme arriba de aquella camioneta caminando por la oscuridad, llena de sombras y figuras extrañas, sollozando me limpiaba las lágrimas edl llanto causado, por el desprendimiento del seno familiar, sentí como salía de mi pecho desgarrado la imagen ed mi niñez y se perdía por toda la sierra de Pandacuaréo, donde todavía cuando paso, la busco sin poder rescatarla un rato tan siquiera para un respiro, pero de seguro se encuentra escondida en lo más recóndito de sus encumbradas barrancas. Como me resistí a dejat todo, me arrastraba por el suelo oponiéndome a que me subieran a la dichosa camionetaque hacía el servicio de transporte hasta Pungarabato (Hoy Ciudad Altamirano), donde me esperaba mi destino sentado y cruzado de manos, yo mientras tanto, me aferrada haciendo que aquella escena se tornara ridículo, para los pasajeros que la presenciaban. Mi madre me consolaba con no sé cuántas palabras de cariño, pero yo ya estaba lejos de allí, traía ya en el pecho clavado el puñal del destino, marcado como un dibujo en la cara, mi condición de mortal no alcanzó a decir adios a nadie, el único que intuyó los rumores de mi despedida fue el perro viejo aquél que vigilaba el sahuán de la casa, todavía escucho uno a uno los murmullos de los grillos, como algo que no quiero recuperar, ni guardar un instante, porque esos hechos fuera de tiempo hacen que me divida, buscando algo impreciso, recuerdos incompletos que quedaron escondidos entre las plantas del corredor, pero los lampaces no dieron respuestas al temblor que rpovocó mi huída y en cada pilar se integraban las sombras de la madrugada grande, mientras el temor de la partida me atormentaba, surgió dentro de mi ese dolor oscuro que hace que cualquier hombre llore cuanti más un niño. La madrugada traía colgada un aire especial ese día, se alejaba meciéndose en las ramas del almendro lleno de pájaros que aún a la deriva advertí, sentí como se caía el mundo, como se me echaba encima, quedó ese instante detenido, que las gentes husmeaban por las rendijas tratando de oir algo, su curiosidad salía por las ventanas...es un guache exclamaban, pero yo chillaba has de cuenta una gata en brama, mis gritos se escucharon hasta las ciénegas, me ahogaban las fuerzas, los misterios se encondían por toda la casa, la luz de la luna corría escandalizada reclamando el derecho que me asistía para quedarme, en un vaso la veladora chillaba y en su letanía pedía en oración que el sacrificio no fuera en vano, yo ajeno de mi propio ruído escuchaba lejanas las campanadas que llegaban de la torre de la iglesia, remontando la calle solitario, mi vida se apareció de repente, oía caer palabras como un ejército de cures arriba de mi, me aferré a aquél sahuán que me veía entrar y salir todos los días, como si él impediría que me llevaran, como si él opondría resistencia, tanta como la mía. Nadie más oyó mis gritos melancólicos que aquella madrugada, haz de cuenta que me iba a la guerra y que no volvería nunca, lo cierto es que efectivamente nunca volví a ser el mismo...al ir descubriendo el mundo, hizo que el corazón se tiñera de manchas oscuras que antes no tenía...perdí la inocencia tratando de buscarme, y encontré la parte externa del mundo, recibí duros golpes, porrazos, desengaños y traiciones..me crié entre los malos y aprendí las mañas, traté incluso en un tiempo de esconderme de todos.. pero nada hizo detenerme, lo bueno es que no fuí el únido, fuimos varios que nos acompañamos y fuimos hermanos de dolor y sufrimiento..nada detiene al caminante, porque es más grande el ánsia de llegar que de eseprarse, el que detiene el paso se queda y es olvidado, más vale ir a la par con los caminantes, la competencia es buena si es leal, es bueno llevar compañeros en el camino y más cuando no se conocen los vericuetos y las brechas de la senda. Que malo es no saber ni conocer y más reconocer tu lado ciego, fase oscura de la luna..bajamos alo más profundo de nosotros mismos, desprendiéndonos de todas las imprecisiones de los sentidos y la imaginación...hay cosas buenas aún rn lo malo, la fortuna favorece a quienes se atreven, las penas fueron algunas y no había compensaciones, nos hicimos personas y ciudadanos responsables, sin alegorías luego desnutridos, flacos y desorientados, terminamos nuestros estudios, cada uno con sus propios medios, sufrió de distinta manera, cada quien podrá contar su historia...que sea el corazón quien nos juzgue, sus señas de identidad nuestro más legítimo consuelo..hoy en que se dá la culminación de nuestros afanes nos damos cuenta, donde se corrió la grieta que se abrió en el corazón aún no apaciguado..lo más delicioso es alcanzar lo que se busca, hay que ir hasta los límites para reconocernos...Un reconocimiento pues para aquellos padre universales que nos brindaron hermandad, cobijo y sustento, corresponderá mi deuda eterna para esos grandes señorones que me brindaron su apoyo incondicional: Don Remigio Pineda Damián, Ramiro Mendoza, Homero Ortega, Geminiano y Pedro Pineda Aguirre, Fanny Pineda, Teobaldo González Palacios (esposas e hijos) y todos tantos (perdón por los que se me olviden en este momento). Dejamos aquellas casas llenas de fantasmas a raíz de nuestra partida, pero nunca perdimos el orden del universo, el prestigio humilde de nuestros nombres vibra en el imaginario lente del recuerdo, en el de aquellas viejas familias que dejamos por salir a encontrar el futuro que nos aguardaba, nadie a ciencia cierta sabe cuantos fuimos y lo que ha ocurrido con nosotros todos, quedé pues aquí la semilla zirandarense desperdigada por todo el mundo, para ellos mis recuerdos eternos.

                                                       AUNQUE NO QUIERAS

Si no quieres que vuelva a ti ¡Que tanto extraño! deja que muera sin sentido...mi corazón huraño.
Si quieres que olvide tu nombre...no lo olvido lo recuerdo, lo nombro...lo bendigo.
Si no quieres que tenga tu cariño mátame dormido cada vez que sueño.
Si no quieres que te mire...como te miro devuélveme las quimeras...hoy que respiro.
Si no quieres que te ofrezca mi regreso libera de una vez mi corazón preso.
Si no quieres que abandone esos fulgores abre las mañanas felices del entonces.
Si no quieres que el tiempo cierre la historia tápame la boca y los oídos...más no la memoria.
Si no quieres que derrame esa alegría bríndame una tarde como cuando eras mía.
Si no quieres que el mundo se entere del adios no le cuentes a nadie lo que hubo entre los dos.
Si no quieres que me vaya y de tí esté distante espérame, regresaré...como el mejor de tus amantes.
Si no quieres que quiera... que te quiera si eres la mejor mujer...¿oh madre tierra!...mi compañera


                                    INSIGNIFICANCIAS NATURALEZA MUERTA


Milpa seca de husma, convertida en rastrojo, y en elote pushcua.
BOSQUEJO Montesillo de frondas, espesura de palos huecos, sombral que se torna baraña.
TUNDA Arte del que Zurra, y zurra bien, sin consorte dl tundo.
PAÑO Pinto blanco o colorado, huaco de todos colores, piel en vitiligo.
FLOR DE SAN NICOLAS Al santo patrón honras, con esa belleza tal, de flor espontánea.
CHUMATA Hervor de huingures sacrificadas, color de sangre y carne dulce, que arrebatan su lugar a las Poroches.
 MANACATA Zoquitera decalabaza horneada, que derramas miel de panocha, en la espesura de la leche bronca. POCHOMATA Memela ardiente y esponjada, chillante sales al encuentro, del poche de leche con sal.
TOQUERE Omelet martajado de buen elote, con un pedazo de queso fresco, rindes tributo al chile en molcajete. NIXTAMAL Nejayo convertido en machihue, jícara llena de testales apachurrados, que terminan en el comal sacrificados.
GUILOTA Tiuta visitante de mis potreros partícipe de la husma de ajonjolí, tortolita baila un son. TECUCHE Fábrica de miel para chancharras, manjar de los más jodidos, de alma prieta y en pena.
SACUAL Huaje en su exacta medianía, vestido de colorado intenso, sacias mi sed con agua de tinaja.
PILINQUE Pellejo pálido de sancochado, que acompañado de Zihuaquio, haces honor a las once.
HUANCHIPO Trapo viejo hecho liacho, de Sóstenes, sostienes los chiquihuites.
CHICOL Palo enjuntado al carrizo, que bajaste más de una vez, la fruta que no pude alcanzar.
HUILILE Nidal de garras descontinuadas, que una vez fueron vestido, donde hoy se posan las rodailas.(gallinas) PICHA Zarape de lana a cuadros, que me apartaste del frío, en aquella cama de otate.
CUERA Capa chinaca y coqueta, que engalanas la monta, al paso de la guanancha.
QUERENDERENICUA Querenda silvestre y desconocida, posas china de violeta ante el paso del arriero. ZURUNDANICO En cañuto fuiste bocado, que apaciguras el hambre, al gruñir de las tripas.
APARICUA Bejuquera enreda huacas, que a borde de paredón, adornaras los bajiales.
HUACHE Precosidad ingenua y traviesa, que explora y descubre los secretos, con el instínto de la nobleza ZIRANDARO Mesopotamia calentana y tarasca, tierra bravía y requemada, donde dieron nombre al Balsas.
SAIBA Ziranda de mil semblanzas, que honras al pueblo mio, y al río de las Balsas.


                                                  ZIRANDARO EL PUEBLO


Ziranda higuera inmortal signo tarasco de mi pueblo representas la libertad, lo noble y lo preciso eres el testimonio que nos ubica el símbolo de nuestra procedencia donde habitan los cantares que nos identifican y transmutan nuestras costumbres. Zirándaro pueblo y patria el solo mencionarte nos conserva nos ilumina como si fuera una obsesión tu nombre visto por el perfil de tus hijos eres un solo tronco familiar el árbol genealógico de los etigmas que se abrió en 14 ramas nacido de dos sepas divergentes José Francisco Pineda y María Gertrúdis González meramente evocados como los patriarcas de la comarca aunque ahora solo sean recuerdos. Zirándaro ¿cuántos de tus hijos fueron menos importantes? y salieron llorando de tus entrañas muriendo de nostalgia al planear su regreso hojarascas arrastradas por el viento héroes anónimos que hoy lamentamos como irremediable su pérdida ráfaga que la memoria sacude las víseras y enlutese el alma en el palpitar del pueblo de las saibas. Pueblo nuestro salí como un desconocido de tus lares habiendo habitado la planicie de tus llanos emigré a la región de las alturas buscando nuevos destinos lloré con la humillación de aquellos cerros me entristecí con la exaltación de tus dos ríos junto al niño que se iba en mis batallas vestías como todo un guerrero resucitabas en cada sueño me envolvías, me arrastrabas en la nostalgia en mis victorias aparecías a mi lado izquierdo después me embriagaba de ti como una emoción cotidiana uniendo el recuerdo de ayer y ante tu natural manera de ser fui labrando mi alma en comunión profesé tu nombre como religión sin hablar de sangres porque soy de los que sueñan en el retorno sin fiarme demasiado por si entonces no estuvieras vivo para mi. Zirándaro veo recostarse sobre tu manto azul el espectro de Edmundo Macedo iluminado quizá por mi regreso aún es temprano para volver deja arrepentirme deja cerrar los ojos otro rato permíteme tocar la herida que yo comparto tus dolores no fui justo equivoqué mis pasos la emoción del ser me llevó por sus caminos descrubrí el mundo a pedazos fui un pueblerino solitario que aprendió luchando y en su vuelo entreabierto como los antiguos zirandarenses derramé tu canto. Zirándaro rincón lleno de cicatrices donde el sol planta sus rayos buscando en la luz tu nuevo destino tus casas blancas se descarapelan se hacen viejas por el tiempo nuevo rien uno a uno tus mejores momentos como un espejismo de ilusión continua el pasado se confunde en un instante como una ola de calor de mayo mientras en el río se escuchan los latidos de aquella época enamorada la misma que se esconde en los pozos de agua se deja sentir a esa hora de la mañana en que los pericos hablan y la tarde bosteza en mi recuerdo.

                                                                                 LOS PALOS DEL MONTE


Me prende el olor de ilama que de tecuche se pinta las hijas de la cacamicua de las querendas se burlan mi pelo chirimo de chucumpúz se revienta y la nantze de períco de atúz y atato despierta el tumbiriche borracho se escalda con el capire y el corongoro manchado de pitaya y de pitire se pasó pa´l otro lado a buscar a los huicumos y al visitar los arrayanes lo corretearon los burros allí estaban los pinzanes comiendo tunas y anonas se enojaron las huingures porque invitaron las bobas pero dicen que las cures fueron las meras ganonas también allí arribaron los famosos cuajilotes las tokeres y huchepos rondaron los zopilotes que andaban buscando un muerto pero fueron los bonetes los que espantaron la andancia y el poporo en su arrogancia con ese tono alcahuete resucitó al camé que estaba junto al pochote el escobetillo pelos de elote fue al que ya no alcancé pues se fue con el cueramo el paraiso y el ilamo gritaban muy barranqueño traiban en la mano un leño creo que era palo de brasíl y la flor de ajonjolí se perdía en el tabachín, el zurundanico sólo vino a acompañar a los huajes el cirián llegó de traje pero olia a zicuas de espino y aunque llegó my pachuco se juntó con las apáricuas que venían ne su bejuco y aquí se acaba el corrido de algunas frutas del llano ya me voy en mi caballo relinchando hasta mi ejido.

MONOLOGO DEL DESTERRADO


En la distancia el tiempo se desgrana

como una omita en medio del río Balsas,

no abandono esos amores que en brasas

arden por padecer mi corazón en brama,

ni ese canchire que tuve como cama,

ni ese silencio que se oye cuando rezas.

 
No cambio por nada mi guarida,
menos por un doble de güeras.

comeré corongoros en la huida,

con tecuches sacaré las penas

cada vez que me chacualéen las venas,

y me supure el suero de la herida.

 
Donde vaya te guarda luto mi alma,  
aunque traiga la memoria ajada,

no hubo tiempo de llevarme nada,

sólo sé que partí al salir el alba,

el grito del gallo ananchó mi espalda,

mientras del frío me acurrucaba.

 
Me saltará el guergüero cual latidos  
al asorrajar al viento los sentires,

comeré en la ausencia los capires,

el arí, el jodél y el chiguéz serán testigos,

que mi corazón perámito sin sentido

no olvida las combas, menos lo pitires.

 No sé si el vacío de la lejanía
sea la que me provoque angurria,

aluzo lo más sensible de la memoria,

pero sólo afoco la yurémita perdida,

la soquitera y el pajoz de la historia

que dejaron los zopilotes en su huida.

 
En la usma de recuerdos infantiles
mis sentimientos fifiruchos y socatos,

son frasteros en estos tiempos infieles,

asemejan más a los maromeros suatos,

escondiéndose en el sacuál y sus flores,

que adorna el tinajero de los atatos.

 
Las costumbres chereques y apayanadas, se atacuachan debajo del sobaco,

mi memoria demasiado martajada,

se escurre por el color del huaco,

cuando el ratón le dijo a la rata

y la rata le dijo al rato.

 
Los recuerdos bichoscos

                             se pasean por la calle cacareca

se amontonan como moscos,

y así berengos se quedan,

pues por sus modos bolonchos,

el pasado cacaraquean.

 
cuando me acuesto aún en el canchire,
mirando la canaleja por donde cae la gotera,

parece que a poner la bacinica yo corriera,

para cachar de pronto el agua que se tire,

y echarla en el bidón para el machihue,

que le ponen a los cuches en la jícara.

El reloj boloncho de la iglesia

es una catarnica al dar las 12,

¡a la jijona decía mi abuela,

ya es mediodía!

mientras mi padre decía

vamos a hacer las 11.

 
¡Que catrina siempre va la gente a misa!
¡alaya sino pues es domingo!

hasta el más cenizo se cambia de camisa,

se baña con jabón de olor cual pingo,

se pone sus mejores trapos para verse lindo

y para que sepan que no huela a longaniza.

 
Aún veo mis pasos reconociendo tu donaire,
  de mis guaraches el seño,

que hacen por el polvo que levante el aire,

el entrecejo del desaire,

que hacen los que se creen tus dueños,

al imaginar que forjarán tus sueños.

 
Nos arrancaron de tus entrañas
para explorar por la vida,
la raíz amarga de la partida,

nos secó como varañas,

sabemos que nos extrañas,

eso es cosa conocida.

 
Mi pecho de cococha orond
repite asoleado en su fe,

cual chica hedionda,

“Luis el guache se fue...”

hoy sólo el ave en su ronda,

anuncia mi regreso arriba del camé.

Dejamos atrás el andar de la brecha,

para arribar el camino del ruido,

subimos y bajamos la senda hecha,

por no reconocer tu olvido,

bebiendo lágrimas secas sin sentido,

para poder recordarte en esta fecha.

 
El esfuerzo llegó a desfallecer
pero nunca desmayamos,

aquí estamos,

los que debemos ser,

los que una vez al año

te venimos a ver, Zirándaro.

 
Las aráparas rondan tu vigilia,
ya no hay ausión para labrar la tierra,

cada zirandarense que pares se destierra,

sino los moscos y el calor lo exilian,

así vivimos en esta eterna guerra,

en que tus hijos nacen y se van en fila.

 
Los zopilotes ocupan la plan
la tierra sube por el viento,

la laguna se seca con el tiempo,

la nostalgia provoca tu calvicie

y el ajonjolí pierde su estirpe,

provocando sequía y sufrimiento.

 
No dejo al azar tu idolatría,

 

vergel, paraíso de los que fuimos,

cantantes del himno a la alegría,

sarracuatera de camaradas niños

que íbamos con hondas de cacería,

y atrapábamos con la mano los sipimos.

No olvido el perfume del huele de noche,

ni el suave viento en que se monta,

el tranquilo rumor que esparcen los pochotes,

ni calor de mayo que en gran pompa,

arrea la brisa que acarician los ahujotes,

va y la postra al pie de la parota.

 
¿Quién puede enseñarnos a mirarte suelo patrio?

 

si te cargo en el borrego envuelto en un paliacate,

sólo un telele o nunushe se atrevería a pensarlo,

pero ni estando acirhuelados dejaríamos el petate,

el canchite, el xiuringo, el mocho, la hoz y el metate,

sólo muertos o sin sentido podríamos dejarlos.

 
El calor atarantado de la tarde en alaraca,
  se postra en la fronda que deja en el arrollo

 

la hueca y vieja cahuírica berraca,

al tiempo en que el ruiseñor en tierno arrullo,

chupa el néctar de la flor en su capullo

y arrienda a ver las patas huacas de la urraca,

 
El guache con la palanga al pie del guanchipo
lleva con diligencia y prisa el pan al caserío,

¡arres! le hacen los pies! y las manos ¡ah chicho!

mientras se come un alamar con libre albedrío,

la gente sale a comprar el pan corriente en su brío,

y el grito del pan despierta la cuadrilla en Ciriquicho.

 
Tierra chicuara y zanata
orgullo del zapateado,

donde por celos se matan

los hombres enamorados,

y las mujeres despiertan

suspiros embelesados.

Es un batidillo mi alma

en esta ausencia melcocha,

el gusto de la panocha,

es provenir de la caña,

y al Santo niño de Atocha,

le rezo cada mañana.

 
Me gusta la pipitoria
   la toquere y la memela,

el zorrillo es cosa buena,

la panocha es afamada,

tanto como la leche dura

y los buñuelos de cuajada.

 
Mi cariño arepero y probo
pica más que una turicata prieta,

se pega como garrobo,

se hace liacho en una horqueta,

llega hasta el Puerto de la Carreta,

donde el corazón te robo.

 
Tus calles memoriales han fallecido
donde ancló tanto limosnero,

dejan perplejo mi espíritu luído,

mi corazón anconado y lisonjero,

mi pensamientos tristes y jodidos,

de ver tanta gente con dinero.

 
Calle de Nicolás Bravo junto al río, 
 en Zirándaro de los Chávez,

 

casa donde mora el recuerdo de los míos,

por si sabes o no sabes,

parientes todos ellos muy queridos,

que llevo para alivio de mis males.

Vasos y sacuales del viejo tinajero,

donde abrevaron tantos jodidos,

filósofos de la vida, mezcaleros,

que con quintas y tragos socorridos,

mitigaban sus pláticas de rancheros,

al tiempo en que cantaban sus corridos.

 
Donde andarán mis greñas tiezas,
bañadas con agua de ahujote machacada
mis botines y mi camisa inmaculada,

la sala, el corredor entre otras piezas,

costumbres que hoy en día ya son viejas,

al recordar mi casa abandonada.

 
Donde quedó mi tatema bien peinada,

 

el pantalón y la camisa blanca que me invoca,

la gallardía, el porte del Conde de Pineda,

el olor sui géneris del cuerpo que provoca,

el perfil francés es lo único que me queda,

pues a mi lo único que me faltó fue ropa.

 
Para llegar a ti ¡oh pueblo mío!
tomo los atajos del destino,

el cual amarro con sicuas del espino,

y suelto en la corriente de tu río,

quito los falsetes del camino,

y me refugio en el titiriteo de tu frío.

 
Aires del sur por donde las güilotas,
extienden sus alas capoteando el viento,

saurinas mensajeras de otro tiempo,

devuelvan las caricias que la tiutas,

se llevaron por error sobre sus rutas,

y nunca externamos un lamento.

Es la zóricua la que te dio su color

es por eso que eres prieta,

mojina, negra de amor,

que el calor te vuelve inquieta,

por eso es que tu silueta,

se desviste en su esplendor.

 
tu recuerdo seca la sanchicua,
pone érrito mi corazón arrecho,

alerta el olor de las vivas sicuas,

del espino que yace contrahecho,

donde el burro se rasca la sindicua,

y espanta los tábanos en asecho.

 
No olvido las ilamas y huicumos
chucumpuces, pinzanes colorados,
los tumbiriches que tanto me escaldaron,

la calma convertida en humo,

las toqueres en el desayuno

y los chirimos bien pelados.

 
Déjalos los calates que froten la memoria

 

tu respira los vientos de tus ríos,

cuenta las hileras de tindillos

como se revuelcan en la historia

escondiéndose de los gavilancillos

que asechan perpetrados en la loma.

 
Escucha el trino azul de las urracas
como crujen la rama de la cañufístula,

mientras los guaches van por las vacas,

el sol quema la flor de las apáchicuas

y las catarnicas bailan en su alharaca,

al ritmo que despega la punta de la sánchicua.

Un almud de recuerdos invade la tristeza

del tiempo que corre como cushilinga,

es por eso que veo con rareza,

como se le fue la sombra a la cahuinga,

quizás, tal vez fue la ausencia y la pobreza

la que hizo más grande el charco de la cuinda.

 
El gabarro de tus plantas con juanetes
no permite que luzcas dominguera,

pero te dan fama los cuajilotes,

los pinzanes, atuzes y cuerameras,

y bajan a verte los bonetes,

desde la loma que hay en La Calera.

 
El tapaculo, las barbas de chivo y las paracatas
Idolatran tu peinado de cuaile de coco,

el sincho, el sinchete y las caróbatas,

el apocar y el arlomo en su bejuco

hacen ver tu carapé siempre pachuco,

cuando te adornan con apáricuas.

 
El campichirán está rodeado de polole y de atacua,
y el cuachalalate bojo por las chancharras,

se entona al ritmo que hacen las cigarras

que bajan contentas de las cacamicuas,

cargando al lomo su liacho de garras

para invadir las flores de las apánicuas.

 
El surundanico viste su enchilado
y el poporo junto al camé su amarillo,

el tabachín con vainas colorado,

estremece las ramas del morillo,

al tiempo en que las flores del escobetillo,

se secan al rededor de su cercado.

Huraño el horizonte con sus nubes vagas,

en el que las tiutas remontan su vuelo,

y las cuipas se distinguen por sus alas,

capoteando a tientas el inmenso cielo,

donde se descubre abierto ese negro velo,

que llevan siempre en los ojos las iguanas.

 
No olvido el perfume de la sierra
ni el fragor eterno del Río Balsas
aquellas viejas costumbres de mi tierra,

que se fueron yendo en sus aguas mansas,

recuerdo charapozo que hoy entierra

la época dorada de las garzas.

 
¿Quién puede componer el falsete del camino  
que obstruye el paso del chaneque?

¿quién puede ponerle horqueta al animal dañino

si el corazón del campo es el cuinique?

¿cómo adornar el altar con varas de espino

si el santo patrón prefiere el bajarique?

 
Los uchepos cosidos al fogón
las toqueres doradas al comal

los tamales nejos con su cal

la chúmata en su dulzor

la ciruela en el tamal

y la manácata en su espesor.

 
Tu historia es un chile con huevo,
chilpa que pica la inmundicia,

arápara cegadora de lo nuevo,

que llama a tientas las cenizas,

en un liacho luido de caricias,

que se atisban en todo lo que debo.

Cuanta alegría trae al campo el maiz

y cuanto gozo la lluvia que cae en junio,

enamorarse rotundamente en plenilunio,

para no desear y andar arraiz,

ser alegre cual hijo de Arnais,

para aguantar la canícula del mes de julio.

 
Me retumba el corazón de su latido,
al ver tu gente vivir la francachela,

me duele el golpe del molote carcomido,

que quedó como herencia de mi abuela,

al revisar sus cosas, ya que se había ido,

quedó el aparato de petróleo y una vela.

 
Zirándaro, te quiero por tu aporreado,
por lo que pesas en arrobas,

y en tu gusto por las ciruelas bobas,

las agrias en chile colorado,

el zihuaquio bien curado,

y por el tiempo que me robas.

 
Me apeas con atino del desplante¿
que quiere llevarme para Europa,

es una idea cotonuda que se arropa,

en mi espíritu caballeresco y andante,

no tengo silla, tampoco a Rocinante,

ni quiero que me saquen de la troja.

 
Cuando piso tu suelo tierra huraña,


me imanta la sábana de tu cielo raso,

las saibas alegres adornan tu regazo,

como si fuera un plan con maña,

mientras tus bajiales el río baña,

en la víspera que anuncia el ocaso.



TIERRA DEL CALOR


hasta el mismo corazón.

               
El moreno cálido de tu tez bronceada

donde el sol planta sus rayos,

resalta entre tanta parcela abandonada

como una ola del calor de mayo

cuando el grito del ajonjolí en su desmayo

deja para la usma las piñas tasoleadas.

 
Tierra trigueña que los recuerdos haces temblar,

 

desempolvando del cajón los tiernos romances,

sueños despiertos que se fueron antes,

intentos que nunca terminaron de empezar,

Romeos y Julietas que tuvieron sus instantes,

noviazgos imposibles en el difícil arte del amar.

 
El moreno cálido de tu piel quemada

 

se exalta en la resolana de tu vientre,

lugar, rumbo de la tierra caliente,

que vives del Río Balsas desposada,

vecina de la provincia Michoacana,

hermandad de origen insurgente.

 
El moreno cálido de tu piel de bronce

 

tiñe de rojo tu sinuoso suelo,

alza gustoso capoteando al vuelo

los remotos días del entonces,

por eso es que los tarascos dioses

crisparon de esa forma tu silente cielo.

Habrá algunos que te den por muerta

tierra bravía y corazón de madre,

estate segura que volveré una tarde,

ya que no dejaré al azar tu huerta,

te aseguro que es cosa cierta,

cuando te digo que mi pecho arde.

 

Allí estarás para mi tierra caliente

con ese gusto de son arrebatado,

cual novia que espera al pretendiente

la invite a bailar un zapateado,

con esa gente que es mi gente,

que hizo de Zirándaro un condado.

 

No me esperes si es que no vuelvo,

será que el tiempo me ha copado

o será que la muerte me ha llevado,

envolviéndome en su negro velo,

reza por mi una plegaria al cielo.

porque ni así te olvidaré mi pueblo. 

 

Si a caso ves que llego y no te llamo,

será talvez porque me lleven muerto,

recibe mi espíritu entero y mi cuerpo,

guárdalos para siempre entre tu llano,

no importa si oyes de la sierra el canto

y el eco de sus rendijas de tanto vericueto.

 
Esparce mi alma entre la brisa del río Balsas

avienta mis cenizas por toda la húmeda rivera

que el rió del Oro tiene de Zirándaro a la Calera

para levantarme con el vuelo de las garzas,

descubrir el inicio de la mañana cuando se alza,

iluminando por siempre tu eterna primavera.


 

ASÍ ES MI TIERRA SEÑORES

 

¡Así es mi tierra señores!

santuario donde se elevan las Saibas.

 Paraíso escogido donde redoblan los sones,

 

y al son que toque el arrastre rima la danza,

y al golpe de los tacones retumba la tabla,

donde se templan los buenos bailadores.

 ¡Échenme un son arrebatado!

 

para levantar polvareda,

que sea el Pedro Pineda,

que es el que más he bailado,

que me traigan un curado

de Zihuaquio con limón,

que me toque Salmerón,

para bailar zapateado.

 No sólo se baila el son,

 

también el gusto es bailado,

es bonito redoblado,

al son que llevan los aros.

pero es gusto del zapateado

que sólo baile el mejor.

 Redoblar cuesta trabajo

 

no cualquiera lo domina,

el que sabe llevar el paso,

puede aguantar la tarima,

pero el que sabe adornarlo,

ese si baila con mi hija.
Tierra de bailadores

donde se sabe adornar el son,

aquí estuvo Salmerón

por eso son los mejores,

y dicen los trovadores...

para Zirándaro voy.

 También Albino Macedo

 

fue bueno como el mejor

discípulo de Salmerón,

del cual aprendió su credo,

tocaba el gusto y el son

con delicia y con esmero.

 Compuso Zirandareña,

 

un gusto para bailar,

pero solía tocar,

la india y la malagueña,

coplas para recordar

que ahora ya no se enseñan.

 Marcelino Gaona y Natalio Rodríguez

 

fueron otros violinistas que levantaron pasión,

así como Pedro Antúnez que era una maravilla,

que le tupían al son, no tanto como Salmerón,

pero salían a la orilla...

 Los Tecuches levantaron bancos pesados

 

tocando la malagueña y la del india del alma,

en toda Tierra Caliente fueron renombrados,

que siempre los bailadores hacían rugir la tabla,

los recuerda con cariño la gente del zapateado.

 Que toquen la tortolita y el son de Pedro Pineda,
que se escuche la tamborita

 

hasta el arroyo de Chuasharo,

que va a venir Tata Lázaro,

a la casa de Pachita,

ya prevengan la tablita

y mezcal para los macaros.

 Ya no hay música de arrastre
sólo quedan los Cirianes,

 

aunque están un poco huaches,

son buenos como Tecuanes,

sólo que no usan huaraches,

pero se ponen gabanes.

 Son tan buenos como ninguno,
y no se dejan ver entre la gente,

 

como dijo Pancho Bruno,

solo tocan caseramente,

no reciben pago alguno

a menos que les enseñen los billetes.

 Eso si comen como cuches,

 

ese pequeño defecto tienen,

desde pinzanes hasta tecuches,

ya que nadie los mantiene,

solo tocar los entretiene

que les ha crecido el buche.

 ¡Así es mi tierra señores!

 

orgullo de la región.

 Raza de bailadores

 

que redobla bien el son

y adorna el gusto a tacón,

porque aquí bajan los sones.